Diario II by Jiddu Krishnamurti

Diario II by Jiddu Krishnamurti

autor:Jiddu Krishnamurti [Krishnamurti, Jiddu]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9789500703017
Google: yt5qAAAACAAJ
editor: Editorial Sudamericana
publicado: 1987-11-14T16:00:00+00:00


Octubre 9, 1973

Viajábamos en un tren de trocha angosta que se detenía en casi todas las estaciones, y en el que los vendedores de té y café caliente, de frazadas y frutas, golosinas y juguetes, voceaban sus mercancías. Era prácticamente imposible dormir, y en la mañana todos los pasajeros subieron a un bote que cruzó las poco profundas aguas del mar en dirección a la isla. Allí esperaba un tren para llevamos a la capital, a través de una verde región de selvas y palmeras, aldeas y plantaciones de té. Era una tierra grata y feliz. Cerca del mar había calor y humedad, pero en los cerros estaban las plantaciones de té, donde hacia fresco y se percibía el simple y puro aroma de los antiguos días. Pero en la ciudad, como en todas las ciudades, reinaba el ruido, la suciedad, la escualidez de la pobreza y la vulgaridad del dinero; en el puerto se veían barcos de todas partes del mundo.

La casa se encontraba en un lugar retirado y había un constante fluir de gente que acudía a saludarlo con guirnaldas y frutas. Cierto día, un hombre le preguntó si le agradaría ver un cachorro de elefante y, naturalmente, fuimos a verlo. Tenía como unas dos semanas de edad, y se nos dijo que la enorme madre lo protegía mucho y estaba nerviosa. El automóvil nos llevó fuera de la ciudad, más allá de la escualidez y la inmundicia, hasta un río de aguas parduscas que tenía una aldea instalada en sus márgenes, rodeada por árboles altos y corpulentos. Allí estaban la gran elefanta oscura y su pequeño. Permanecimos unas cuantas horas hasta que la madre se acostumbró a nuestra presencia; a él se le permitió que entrara y tocara su larga trompa, y que la alimentara con algunas frutas y caña dulce. El sensible extremo de la trompa pedía más, y en su ancha boca penetraron manzanas y plátanos. El cachorro recién nacido estaba parado entre las patas de la madre, moviendo su delgada trompa. Era una réplica en pequeño de su madre. Finalmente, ésta nos permitió que tocáramos a su bebé; la piel de éste no era demasiado rugosa, y su trompa se movía constantemente, mucho más activa que el resto del cuerpo. La madre vigilaba todo el tiempo y el guardián tenía que tranquilizarla de cuando en cuando. Era un bebé muy juguetón.

La mujer entró, profundamente angustiada, en la pequeña habitación. Su hijo había muerto en la guerra: “Yo lo amaba muchísimo, y era mi único hijo; había sido muy bien educado y era una promesa de gran bondad y talento. Lo mataron... ¿Por qué tenía eso que ocurrirnos a él y a mí? Había verdadero afecto y amor entre nosotros. Y tuvo que suceder una cosa tan cruel”. Ella sollozaba y parecía no haber fin para sus lágrimas. Tomó la mano de él y al cabo de un rato se tranquilizó lo suficiente como para escuchar.

¡Gastamos tanto dinero en educar a nuestros hijos! Les damos tanto cariño, nos apegamos profundamente a ellos.



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