Gaia by James E. Lovelock

Gaia by James E. Lovelock

autor:James E. Lovelock [Lovelock, James E.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ciencia
publicado: 1978-12-31T23:00:00+00:00


6. El mar

Como Arthur C. Clarke ha señalado: «Qué inapropiado llamar Tierra a este planeta, cuando es evidente que debería llamarse Océano». Casi tres cuartas partes de la superficie de nuestro mundo son mares; a ello se debe el que, cuando es fotografiado desde el espacio, presente ese maravilloso aspecto de esfera azul zafiro moteada por albos vellones de nubes y tocada del brillante blanco de los campos de hielo polares. La belleza de nuestro hogar contrasta fuertemente con la apagada uniformidad de nuestros inertes vecinos, Marte y Venus, carentes del abundante manto acuático de la Tierra.

Los océanos, esas inmensas extensiones de profundas aguas azules, son mucho más que algo deslumbrantemente bello para quien los contempla desde el espacio. Son piezas maestras en la máquina de vapor planetaria que transforma la energía radiante del Sol en movimientos del aire y el agua, los cuales, a su vez, distribuyen esta energía por todos los rincones del mundo. Los océanos constituyen colectivamente un enorme depósito de gases disueltos de gran importancia a la hora de regular la composición del aire que respiramos; ofrecen, además, morada estable a la vida marina, aproximadamente la mitad de toda la materia viva.

No estamos seguros de cómo se formaron los océanos. Fue hace tan largo tiempo —mucho antes del inicio de la vida— que muy poca información geológica del proceso ha llegado hasta nosotros. Se han formulado multitud de hipótesis sobre la forma de los océanos primigenios; se ha mantenido incluso que, en épocas remotas, los mares cubrían todo el planeta: no existían ni tierras ni aguas someras, aparecidas con posterioridad. Si esta hipótesis se confirmara, habríamos de revisar las concernientes al origen de la vida. Hay sin embargo, todavía, acuerdo general respecto a que el primer paso en la formación de los océanos se dio cuando el recientemente constituido planeta exhaló grandes masas de gases desde su interior; el segundo y definitivo tuvo lugar cuando el planeta se hubo calentado lo suficiente para destilar de ellos la atmósfera y los océanos primordiales.

La historia de la Tierra anterior a la vida no nos ayuda directamente en nuestra búsqueda de Gaia; más interés y relevancia tiene la estabilidad fisicoquímica de los océanos a partir de la aparición de la vida. Hay pruebas de que, durante los últimos tres eones y medio, mientras los continentes se desgarraban y se recomponían, los hielos polares se licuaban y volvían a helarse y el nivel del mar subía y bajaba, el volumen total de agua, a pesar de todas las metamorfosis, permanecía inmutable. La profundidad media actual de los océanos es de 3.200 metros (2 millas aproximadamente), aunque en ciertas fosas se alcanzan los 10.000 metros (unas 6 millas). El volumen total de agua se cifra en torno a los 1,2 miles de millones de kilómetros cúbicos (300 millones de millas cúbicas), estando su peso próximo a los 1,3 millones de megatoneladas.

Estas descomunales cifras han de ser vistas en perspectiva. Aunque el peso de los océanos es 250 veces el de la atmósfera, representa solamente una parte por cuatro mil del peso de la Tierra.



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