Chocolat by Joanne Harris

Chocolat by Joanne Harris

autor:Joanne Harris [Harris, Joanne]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
publicado: 1998-12-31T16:00:00+00:00


Capítulo 22

Viernes, 7 de marzo

Los gitanos se van. Esta mañana temprano he pasado por Les Marauds y he visto que habían empezado a hacer los preparativos, amontonando los botes que utilizan para pescar y retirando esas interminables cuerdas en las que ponen la colada a secar. Algunos se fueron anoche, en plena oscuridad —oí el sonido de sus silbatos y de sus cuernos, a manera de desafío final—, como si esperasen las primeras luces por razones supersticiosas. Eran poco más de las siete cuando pasé. A la pálida luz entre verdosa y grisácea del alba parecían refugiados de guerra, con sus caras pálidas, atando con gesto avieso los últimos restos de su epopeya flotante y liando los fardos. Lo que anoche era deslumbrante, mágico y rutilante hoy es sórdido, está desprovisto de encanto. En la neblina flota un olor a quemado y a petróleo. Restallar de lonas, petardeo de motores al alba. Son pocos los que se molestan en mirarme, ocupados en sus asuntos con la boca apretada y los ojos fruncidos. Nadie dice nada. Entre los rezagados no veo a Roux. Tal vez se haya marchado con los que han abierto la marcha. En el río quedan todavía unas treinta barcas, la proa hundida por el peso de las mercancías acumuladas. Zézette, esa chica, va de un lado a otro a lo largo del casco de la embarcación embarrancada, dedicada a trasladar a su barca piezas ennegrecidas e imposibles de identificar. Un cajón lleno de pollos se mantiene en equilibrio inestable sobre un colchón carbonizado y una caja llena de periódicos. Me dirige una mirada de odio, pero no me dice nada.

No vaya a figurarse que esta gente no me inspira ningún sentimiento. No les tengo ningún rencor personal, mon père, pero tengo que pensar en mi congregación. No puedo perder tiempo predicando a gente desconocida que no me lo ha pedido, total para que se burlen de mí y me insulten. Sin embargo, no es que yo sea una persona inaccesible. Si su contrición fuera sincera, todos tendrían cabida en mi iglesia. Si necesitan orientación, saben que pueden contar conmigo.

Anoche dormí mal. Desde el principio de la Cuaresma paso las noches muy inquieto. A menudo tengo que levantarme de la cama a hora muy temprana con la esperanza de encontrar el sueño en las páginas de un libro o en las calles oscuras y silenciosas de Lansquenet o hasta en las orillas del Tannes. Anoche me sentí más inquieto que de costumbre y, sabiendo que no conseguiría conciliar el sueño, abandoné la casa a las once para dar un paseo de una hora junto a la orilla del río. Rodeé Les Marauds y del campamento de los gitanos, atravesé los campos y seguí río arriba, aunque desde atrás me llegaban claramente los sonidos de su actividad. Al volverme para echar una mirada río abajo vi las hogueras encendidas en la orilla y las figuras de gente que bailaba recortadas en el resplandor anaranjado del fuego. Miré mi reloj y vi que había caminado casi una hora y me di la vuelta para volver sobre mis pasos.



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