Los favores by Lillian Fishman

Los favores by Lillian Fishman

autor:Lillian Fishman [Fishman, Lillian]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Psicológico
editor: ePubLibre
publicado: 2022-05-01T00:00:00+00:00


7

Luego llegó agosto. Primera hora de la tarde. Romi y yo teníamos el sábado para nosotras. Estábamos echadas en su cama en camiseta y ropa interior, demasiado acaloradas para ir a ningún sitio, disfrutando del frescor del aire acondicionado. En la calle se oía la música de la camioneta de los helados.

¿Quieres algo?, me preguntó. Voy a bajar a comprar.

Desapareció y se fue a la calle. La cama estaba fresca y seca. Yo saboreaba un éxtasis imperdonable: el éxtasis de tener todo lo que quería, más de lo que me imaginaba que era posible: Nathan y Olivia y Romi. Me sentía un poco como el día en que conocí a Olivia en el bar, tantos meses atrás, y me di cuenta de que ella vivía en un mundo privado y espectacular al que yo podría acceder.

Cuando Romi me trajo un polo, me apoyé en la pared y mordí la punta con un crujido gratificante. Ella se sentó a mi lado en la cama.

¿Te gusta hacer cosas por mí?, pregunté mientras me lamía el jugo del polo que se me escurría por la mano. Quiero decir: ¿no te cansas de estar siempre trayendo y llevando cosas?

Ella chupeteaba su polo metódicamente, de abajo arriba y tras cada asalto lo rotaba noventa grados.

Claro que me gusta, dijo. Lo hago sin pensar.

¿Crees que esa es la diferencia entre una buena y una mala persona? ¿Que ni siquiera tengas que pensar en lo bueno que haces?

Tú no crees en serio en eso de las buenas y malas personas, dijo Romi.

Aunque a veces ese es el indicador de que alguien es buena persona, dije. Que le preocupa hacer el bien. Eso quiere decir que le importa que las cosas sean de una determinada manera.

¿De qué va esto?, preguntó Romi.

¿Qué?

¿Tienes que tomar una decisión? ¿Te preocupa estar haciendo algo mal?

No, dije, es que no sé por qué no se me ocurre hacerte el desayuno por las mañanas, por ejemplo.

Romi me quitó el palo sucio del polo y recogió los envoltorios para ir a tirarlos, pero yo la agarré para que volviera a la cama y se lo quité de la mano. Me incliné sobre ella, coloqué la parte limpia de los envoltorios en el suelo y dejé encima los palitos de madera. Tenía las piernas sudadas de cuando había bajado corriendo hasta la camioneta de los helados. Metí la mano dentro de sus pantalones cortos de atletismo. Tenía las bragas empapadas y abultadas en la entrepierna, los labios calientes.

Uy, no, dijo. Tengo la regla.

¿Y qué?

Bajó la vista. Le introduje las puntas de dos dedos. Vi que se le tensaba el vientre y apretaba los ojos un instante. Me puso una mano en la muñeca y se echó hacia atrás con una sacudida, alejándose de mí.

¿Qué pasa?

Cruzó las piernas. Eve, dijo, quiero romper.

¿Estás hablando en serio?

Sí.

Apoyé la cabeza en la mano un momento, pero vi que tenía sangre en los dedos. Me los limpié en las sábanas. ¿Quién es?, pregunté.

Una compañera, reconoció. Del hospital.

A lo lejos sonaban las sirenas que, a lo largo de mis años de felicidad confusa en la ciudad, había dejado de oír.



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