Los destrozos by Bret Easton Ellis

Los destrozos by Bret Easton Ellis

autor:Bret Easton Ellis [Ellis, Bret Easton]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 2023-01-15T00:00:00+00:00


* * *

Thom venía caminando con Robert hacia la carroza, en la que todo el mundo había vuelto a ponerse a trabajar fingiendo que nada había ocurrido. Vi la linterna de Angelo destellar a lo lejos, acercándose hacia nosotros: eran las diez y media, hora de volver a casa, y no tenía sentido continuar trabajando en la carroza. Estábamos agitados y distraídos porque acabábamos de presenciar algo que nunca antes había ocurrido: la pareja perfecta había revelado que tenía problemas en su relación, algo que había durado felizmente dos años porque estaban muy enamorados ahora se había roto, la bofetada era la prueba del deterioro, no había duda. Me estremecí mientras observaba a Robert caminando tan pegado a Thom, sus cabezas gachas y juntas, Thom escuchando lo que le estuviese diciendo Robert y de vez en cuando asintiendo con la mirada clavada en el césped, los dos con sus pantalones grises de vestir y sus camisas blancas. Me quedé mirando a Robert y Thom y sentí tal envidia de aquella intimidad entre los dos que por un instante se me nubló la vista y luego me sentí avergonzado: los deseaba a ambos y aquello no iba a suceder nunca. Es algo que simplemente tienes que aceptar, me dije, y otra revelación fue fraguándose en mi interior: Para ti el mundo no va a funcionar así; hazte a la idea. Seguía mirándolos cuando de golpe me vi sacado de mi ensoñación: Thom levantó la mirada, con semblante inexpresivo pero también anhelante, y entonces sonrió con tristeza. Debbie y Susan habían salido de los lavabos y caminaban hacia Thom y Robert, que ya estaban junto a la carroza. La cara de Susan también era inexpresiva y yo no tenía ni idea de qué iba a decirle a Thom mientras se acercaba; Robert ya se había apartado discretamente. El pragmatismo de Susan entró en acción, con la ayuda de Debbie, y tras articular una disculpa sincera, dijo: «Pues claro que lo haré», y entonces Thom, la cara levemente surcada por la emoción, la abrazó, la levantó por los aires y volvió a dejarla sobre el césped. Se le veía tan aliviado que fue casi bochornoso: aquella era una faceta de Thom que nunca antes había visto. Ahora sabía que era débil. Se besaron.

Todos los que rodeaban la carroza se pusieron a aplaudir, incluido Robert, y Anthony Matthews lanzó un silbido de aprobación. Aquello era estúpido, algo sacado de una película, pero fingí que me dejaba llevar por el momento y me puse también a aplaudir, y luego me fijé en Debbie, de pie junto a mí, muy atenta, y vi que no sonreía a pesar de estar también aplaudiendo, y que no tenía los ojos fijos en Thom y Susan… sino en Robert Mallory, que sonreía de oreja a oreja. El aplauso solo duró unos diez o quince segundos, pero contribuyó a la distensión general: fue la expresión de nuestro alivio. Y entonces empezamos a marcharnos de las pistas y nos dirigimos colina



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