El viento en los sauces by Kenneth Grahame

El viento en los sauces by Kenneth Grahame

autor:Kenneth Grahame [Kenneth Grahame]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Infantil, Lang:es
publicado: 2013-09-27T17:37:29+00:00


CAPÍTULO VIII — Las aventuras del Sapo

Cuando el sapo se encontró encerrado en aquella mazmorra húmeda y malsana, y se dio cuenta de que toda la horrenda oscuridad de la fortaleza medieval lo apartaba del mundo exterior, del sol y de las carreteras donde había encontrado tanta felicidad, retozando como si fuera el dueño de todas las carreteras de Inglaterra, se tiró al suelo y se echó a llorar amargamente, abandonándose a la más negra desesperación.

«¡Todo se acabó! —se decía—, ¡o al menos se acabó la carrera del Sapo, que al fin y al cabo es lo mismo! ¡El popular y apuesto Sapo, el rico y hospitalario Sapo, el Sapo, tan libre, espontáneo y gallardo! ¿Cómo puedo esperar que me pongan de nuevo en libertad —decía—, cuando me han encarcelado tan justamente por robar un automóvil tan hermoso de un modo tan descarado, y por burlarme y empañar con tanta fantasía e imaginación a todos aquellos policías gordos y colorados? —los sollozos lo ahogaban—. ¡Qué tonto he sido! —decía—. ¡Y ahora, a pudrirme en este torreón, hasta que aquellos que estaban orgullosos de decir que me conocían hayan olvidado el grandioso nombre del Sapo! ¡Oh, querido Tejón! —decía—. ¡Oh, ingeniosa Rata y sensato Topo! ¡Qué conocimiento tan justo tenéis de los hombres y de sus asuntos! ¡Oh pobre y desamparado Sapo!».

Y pasó días y noches durante varias semanas lamentándose de este modo, rechazando comidas y refrigerios, aunque el anciano carcelero, que sabía que los bolsillos del Sapo estaban llenos, le recordaba que tenía a su alcance muchas comodidades e incluso algunos lujos, a cierto precio, por supuesto.

El carcelero tenía una hija, una muchacha agradable y de buen corazón, que ayudaba a su padre en las tareas más leves. A la chica le encantaban los animales y, además de un canario (cuya jaula colgaba de un clavo en la enorme pared de la cárcel durante todo el día, causando molestia a los prisioneros que gustaban de echarse una siestecita después de comer, jaula que por la noche dejaba sobre una mesa del salón cubierta con un pañito), tenía varios ratoncitos de colores y una ardilla revoltosa. Esta chica de buen corazón, que sentía pena por el pobre Sapo, le dijo un día a su padre:

—¡Padre! ¡No puedo soportar ver a ese pobre animalito tan triste, y cada día más flaco! ¡Déjame cuidarlo! Ya sabes cuánto me gustan los animales. Haré que coma de mi mano, y que se levante, y que haga un montón de cosas.

Su padre le dijo que podía hacer lo que le diera la gana, porque él estaba harto del Sapo y de sus berrinches, de sus aires y de su tacañería. Así que aquel mismo día la chica emprendió su «misión rescate», y llamó a la puerta de la celda del Sapo.

—¡Anímate, Sapo! —le dijo en tono persuasivo al entrar—. Siéntate y sécate las lágrimas, y sé un poco sensato. ¿Por qué no intentas comer algo? ¡Mira, te he traído un poco de mi cena, recién salida del horno!

Le traía ropa vieja entre dos platos, y su aroma llenaba la estrecha celda.



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