Un gato callejero llamado Bob by James Bowen

Un gato callejero llamado Bob by James Bowen

autor:James Bowen [Bowen, James]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Autoayuda, Ciencias sociales
editor: ePubLibre
publicado: 2012-02-29T16:00:00+00:00


Llevaba aproximadamente media hora encerrado cuando la puerta se abrió súbitamente y un oficial de camisa blanca me indicó que saliera.

—Vamos —señaló.

—¿A dónde me llevan ahora? —pregunté.

—Ya lo verás —respondió.

Fui conducido hasta una habitación vacía con unas cuantas sillas de plástico y una única mesa.

Había un par de oficiales sentados frente a mí que, para ser sincero, no mostraron el menor interés. Pero entonces uno de ellos empezó a interrogarme.

—¿Dónde estabas ayer por la tarde alrededor de las seis y media? —inquirió.

—Hmm, estaba tocando en Covent Garden —respondí.

—¿Dónde?

—En la esquina de James Street, enfrente de la salida del metro —repuse, y era verdad.

—¿Entraste en la estación de metro en algún momento de la tarde? —preguntó el poli.

—No, nunca me meto ahí dentro —contesté—. Siempre viajo en autobús.

—Entonces, ¿cómo es que tenemos dos testigos que han declarado que estabas en la estación y que abusaste verbalmente y escupiste a una de las empleadas?

—No tengo ni idea —dije sorprendido.

—Te vieron subir por las escaleras mecánicas desde el metro e intentar saltarte la barrera automática sin tener billete.

—Bueno, como ya he dicho, ése no pude ser yo —insistí.

—Y luego, cuando alguien te dio el alto, te pusiste a insultar a una de las empleadas.

Permanecí sentado sacudiendo la cabeza. Todo esto era surrealista.

—Entonces te condujeron hasta la taquilla para que compraras un billete —continuó—. Cuando te arrastraron hasta allí, contra tu voluntad, escupiste en el cristal de la taquilla.

Ya era suficiente; perdí la paciencia.

—Escuche, todo esto no es más que basura —espeté—. Ya les he dicho que no estaba en la estación de metro ayer por la noche. Nunca entro allí. Ni tampoco viajo nunca en metro. Yo y mi gato vamos a todas partes en autobús.

Los dos me miraron como si estuviera contando las mentiras más grandes del mundo.

Me preguntaron si quería hacer una declaración, y eso hice, explicando que había estado tocando toda la tarde. Sabía que las imágenes del circuito cerrado de televisión podrían confirmarlo, pero en el fondo de mi mente fueron surgiendo toda clase de pensamientos paranoicos.

¿Qué pasaba si todo esto era una trampa? ¿Qué pasaría si hubieran alterado lo que habían recogido las cámaras de la estación de metro? ¿Qué pasaría si me llevaban a juicio y entonces era mi palabra contra la de tres o cuatro oficiales del Metro de Londres?

O peor aún, me encontré preguntándome ansioso qué le sucedería a Bob. ¿Quién cuidaría de él? ¿Se quedaría con ellos o volvería a las calles? ¿Y qué le pasaría si lo hacía? Pensar en ello me mataba.

Me dejaron allí durante dos o tres horas más. Después de un rato, perdí la noción del tiempo. No había luz natural en la habitación, de modo que no podía saber si fuera era de día o de noche. En un momento dado, una mujer policía apareció seguida por un oficial de aspecto malhumorado.

—Tengo que hacerle un test de ADN —declaró mientras el hombre se quedaba en un rincón, donde permaneció con los brazos cruzados mirándome fijamente.

—Está bien —contesté, ignorándole. Imaginé que no tenía nada que perder—.



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