Travesuras de la niña mala (坏女孩的恶作剧) by Mario Vargas Llosa

Travesuras de la niña mala (坏女孩的恶作剧) by Mario Vargas Llosa

autor:Mario Vargas Llosa
La lengua: spa
Format: epub
editor: China Intercontinental Press
publicado: 2015-08-06T00:00:00+00:00


V. El niño sin voz

Hasta que Simón y Elena Gravoski vinieron a vivir al edificio art déco de la rué Joseph Granier, pese a todos los años que llevaba allí no hice amigos entre mis vecinos. Creí que había llegado a serlo de monsieur Dourtois, funcionario de la SNCF, los ferrocarriles franceses, casado con una mujer de cabellos amarillentos y gesto adusto, maestra de escuela jubilada. Vivía frente a mí y, en el rellano, la escalera o el vestíbulo de la entrada cambiábamos venias o buenos días y al cabo de los años llegamos a darnos la mano e intercambiar comentarios sobre el tiempo, perenne preocupación de los franceses. Por esas fugaces conversaciones llegué a pensar que éramos amigos, pero descubrí que no una noche en que, al regresar a mi casa luego de un concierto de Victoria de los Angeles en el Théátre des Champs-Ély-sées, advertí que había olvidado la llave en el departamento. A esa hora, no había cerrajero que pudiera auxiliarme. Me instalé lo mejor que pude en el rellano y esperé las cinco de la mañana, hora en que mi puntualísimo vecino salía rumbo a su trabajo. Supuse que al descubrirme allí, me haría pasar a su casa hasta que fuera de día. Pero cuando, a las cinco, monsieur Dourtois apareció y le expliqué por qué estaba allí con los huesos molidos por la trasnochada, se limitó a compadecerse de mí, mirando su reloj y advirtiéndome:

—Va a tener que esperar unas tres o cuatro horas todavía, hasta que abra una cerrajería, mon pauvre ami.

Tranquilizada así su conciencia, se marchó. A los otros vecinos del edificio los cruzaba a veces en la escalera y olvidaba sus caras de inmediato y sus nombres se me eclipsaban apenas los conocía. Pero, cuando la pareja Gravoski, y Yilal, su hijo adoptado de nueve años, se vinieron al edificio porque los Dourtois habían partido a instalarse en la Dordogne, fue otra cosa. Simón, un físico belga, trabajaba como investigador en el Instituto Pasteur, y Elena, venezolana, era médico pediatra en el Hospital Cochin. Eran joviales, simpáticos, campechanos, curiosos, cultos, y, desde el día en que los conocí, en plena mudanza, y me ofrecí a echarles una mano y darles informaciones sobre el barrio, nos hicimos amigos. Tomábamos café después de la cena, nos prestábamos libros y revistas, y alguna vez íbamos al cine La Pagode, que estaba cerca, o llevábamos a Yilal al circo, al Louvre y a otros museos de París.

Simón raspaba la cuarentena, aunque la poblada barba rojiza y la barriguita prominente lo hacían parecer algo mayor. Andaba vestido de cualquier manera y con un sacón de bolsillos hinchados de libretas y papeles, y un maletón lleno de libros. Calzaba unos anteojos de miope que con frecuencia limpiaba en su arrugada corbata. Era la encarnación del sabio descuidado y distraído. Elena, en cambio, algo más joven, era coqueta y atildada y no recuerdo haberla visto nunca de mal humor. Todo la entusiasmaba en la vida: su trabajo en el



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