Bajo el fuego y la sal by José Soto Chica

Bajo el fuego y la sal by José Soto Chica

autor:José Soto Chica [Soto Chica, José]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Aventuras, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2022-11-09T00:00:00+00:00


CAPÍTULO 47

Marjal de los leones

Ingvar se carga sobre la espalda y lo mejor que puede a su sobrino. Leif es grande y pesado, y Marcos ha improvisado, con los mantos de Ingvar y Mohamed, una especie de arnés para facilitar la tarea. Vacilante, pero resuelto pese a sus heridas, el norteño comienza a andar.

La tercera leona los derriba en ese mismo instante. Ingvar alza el brazo tratando de defenderse y la fiera muerde con rabia justo en el grueso brazalete de plata que lleva el vikingo, que clava el sæx una vez y otra mientras las zarpas desgarran el aire buscando carne.

La bestia muere. Mohamed, agarrando la empuñadura con las dos manos, le ha clavado en la nuca el largo acero de Ingvar que había caído al suelo con la embestida del animal.

Ingvar no da crédito. Mohamed tampoco. Jamás se había atrevido a hacer algo semejante. Pero lo ha hecho. Por Dios clemente y misericordioso que lo ha hecho. Nunca sabrá cómo. Sólo sabe que aún aferra la empuñadura de la gran espada con las dos manos.

Marcos tampoco da crédito. Pero mientras sale de su asombro se arrodilla sobre Leif. El chico aún respira. No ha sufrido nuevas heridas.

Ingvar siente como si le hubieran golpeado el brazo con un martillo de herrero. El brazalete está deshecho, pero su extremidad sólo ha sufrido magulladuras y la insoportable presión que ha destrozado la ancha y gruesa cinta de plata.

—Hoy, Ingvar, tus dioses deben de estar muy pendientes de ti —le espeta Marcos con sorna.

—Pues los cabrones podrían estar muy pendientes de otro. Yo ya tengo bastante atención. ¡Thor y Odín y la leche que mamaron!

Pero está vivo. No debería ser así, pero está vivo y se lo debe a Mohamed.

—Gracias. —Es lo único que acierta a decir—. Eres libre.

Mohamed sonríe con amargura.

—¿Aquí? ¿Para qué me sirve ahora ser libre? Además, señor, tienes que cumplir tu palabra y cubrirme de oro. Tanto como para devolverme el valor de lo que perdí y compensarme todo esto.

—¡Ja! ¡Habrá canciones sobre esto! ¡Ahora no eres un comerciante destinado al olvido, sino un hombre de fama y honor, viejo Mohamed!

A Mohamed le sientan bien hasta las palmadas que le da Ingvar. Sabe que es un necio, claro que lo sabe. Pero se siente valiente, como un chiquillo. Y cuando un viejo se siente así, como un chiquillo, el mundo es, de repente y durante un instante, un lugar maravilloso.



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