Ignacio de Loyola y las mujeres: benefactoras, jesuitas y fundadoras by Antonio Gil Ambrona

Ignacio de Loyola y las mujeres: benefactoras, jesuitas y fundadoras by Antonio Gil Ambrona

autor:Antonio Gil Ambrona [Gil Ambrona, Antonio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Biografía
editor: ePubLibre
publicado: 2017-01-01T00:00:00+00:00


Como se deduce de sus palabras, Isabel reflexionó detenidamente acerca de lo que se disponía a hacer. Además de las consecuencias emocionales que suponía tomar la decisión, no descuidó ningún aspecto práctico del viaje. Los razonamientos y previsiones que expuso a Ignacio demuestran su grado de implicación en el proyecto, así como la credibilidad que tenía ante personas de la talla intelectual de su íntima amiga Isabel de Josa, dispuesta a seguirla allí donde fuese. No obstante, Isabel Roser fue sincera al afirmar que no daría el paso definitivo sin la autorización de Ignacio, a quien llegó a suplicar reiteradamente que le hablara «claro». Quizá pensaba en aquellos momentos en la constante ayuda económica que había prestado a Ignacio y a la Compañía, porque no olvidó mencionar la astronómica cantidad de «dos mil ducados» que llevaría consigo. En cualquier caso, esta carta es un documento excepcional por cuanto se trata de una verdadera declaración de intenciones de una mujer del siglo XVI resuelta a ver culminado un proyecto de vida, una vez sopesadas sus ventajas e inconvenientes.

Por otra parte, la familiaridad con que Isabel menciona a los hermanos Diego y Esteban de Eguía (o Guía), también aporta a su carta una dimensión acorde con el grado de amistad que mantenía con Ignacio. Los vínculos de este con los Eguía, de origen navarro, eran anteriores a la relación que mantuvo con ellos en Alcalá, y la nómina de los problemas que los Eguía tuvieron con la Inquisición, unida a la gran labor de introducción de las obras de Erasmo en España por parte del gran impresor Miguel de Eguía, otro de los hermanos, dan cuenta de hasta qué punto Isabel compartía inquietudes no solo espirituales sino también intelectuales con Ignacio.

Pero incluso la confianza que Isabel parece tener con el sacerdote Diego de Eguía apunta en una dirección como mínimo llamativa, ya que este había sido señalado públicamente como alumbrado por su amistad con la beata Francisca Hernández, y, de todos los miembros primigenios de la Compañía, quizá fue, objetivamente, uno de los más cercanos a ese «colectivo» que tantas sospechas levantó ante el Santo Oficio. Isabel Roser debía ser, sin duda, conocedora de su pasado.

Diego había estado junto a Ignacio en París y permanecía allí todavía en 1540, donde realizó una labor de acercamiento a personas notables ejerciendo de confesor, mientras esperaba poder reunirse con el resto del grupo ignaciano en Italia[546]. Después pasó a la Península y fue quizá entonces cuando lo conoció Isabel. En cualquier caso, esta debió compartir con Diego de Eguía sus ideas acerca de la manera que tenía de entender la espiritualidad y quedó prendada de su persona, al igual que demostró su especial afecto por Araoz, a juzgar por lo que Isabel sintió cuando ambos abandonaron Barcelona camino de Roma para recibir instrucciones de Ignacio. Isabel no pudo ocultar una recriminación contenida hacia este por haber llamado a su lado a los dos jesuitas, dejando así desvalidas, en su opinión, a las personas que se beneficiaban de la labor apostólica que estos llevaban a cabo en su ciudad.



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