Fábulas y cuentos by G. K. Chesterton

Fábulas y cuentos by G. K. Chesterton

autor:G. K. Chesterton [Chesterton, G. K.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Humor, Psicológico, Fantástico
editor: ePubLibre
publicado: 2009-01-01T00:00:00+00:00


EL DRAGÓN EN EL ESCONDITE

Había una vez un caballero que era un proscrito —⁠es decir, un hombre que se esconde del rey y de todo el mundo⁠—, y que llevaba una vida tan salvaje y desaforada, perseguido de un escondrijo a otro, que le era tremendamente difícil acudir a misa los domingos. Aunque su vida cotidiana estaba repleta de combates, incendios y saqueos, y por tanto su aspecto era algo descuidado; lo habían educado con esmero, y llegar tarde a misa era como es lógico algo muy serio. Pero era tan ingenioso y atrevido yendo de un sitio a otro sin ser capturado que en general lo conseguía. Y a menudo causaba grandes trastornos a los feligreses cuando entraba con gran estrepito volando a través de las amplias vidrieras y haciéndolas añicos, tras haber permanecido fuera colgado de una gárgola pacientemente durante media hora; o cuando de pronto se dejaba caer del campanario, donde había estado escondido dentro de una de las grandes campanas, y aterrizaba casi sobre las cabezas de los devotos. Tampoco se mostraban más complacidos cuando optaba por excavar un agujero en el cementerio, cruzar el muro por debajo de la iglesia, y surgir de repente de debajo de una losa levantada en mitad de la nave o delante del altar. Eran demasiado bien educados, por supuesto, para prestar atención al incidente durante el servicio; y los más justos admitían que hasta los proscritos debían acudir a misa como fuera; pero daba bastante que hablar en la ciudad, y la historia del caballero y su milagrosa manera de esconderse dondequiera que fuese era famosa por aquellos tiempos en toda la comarca. Por fin este caballero, que se llamaba sir Laverok, empezó a sentirse tan seguro de su capacidad para escapar y esconderse cuando quería que se acostumbró a entrar en la plaza del mercado de la manera más descarada cuando estaban tratando algún asunto importante, como las elecciones de los gremios, o hasta la coronación del rey, al que dirigía algunos consejos acertados sobre sus deberes públicos, en voz alta desde la chimenea de una casa adyacente. A menudo, cuando el rey y sus nobles salían a cazar, o incluso cuando estaban en el campo en medio de una gran batalla, si alzaba la vista veía a sir Laverok sobre sus cabezas posado en un árbol como un pájaro, y siempre dispuesto a dar consejos amistosos y buenos deseos casi fraternales. Pero aunque lo perseguían con constante sentimiento de furia, durante varios meses, nunca fueron capaces de descubrir en qué madrigueras y rincones se ocultaba. Se veían obligados a admitir que su talento para desaparecer en lugares ignorados era de lo más consumado, y que en el infantil juego del Escondite se habría cubierto de eterna gloria; mas todos creían que a un fugitivo de la justicia le debería estar rigurosamente prohibido cultivar esta clase de don.

Ahora bien, precisamente por aquella época cayó sobre todo el país una terrible calamidad mucho peor que cualquier guerra o epidemia.



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