El jardín de humo y otros cuentos de intriga by G. K. Chesterton

El jardín de humo y otros cuentos de intriga by G. K. Chesterton

autor:G. K. Chesterton [Chesterton, G. K.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Intriga, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2016-01-01T00:00:00+00:00


EL CINCO DE ESPADAS

Era dudoso que se tratara de una simple coincidencia que aquellos dos hombres, el francés y el inglés, hablasen de lo mismo, de un asunto muy concreto, aquella misma mañana. La coincidencia podría parecer aún más increíble a quien posea una mente filosófica, si añado que argumentaban sobre aquel asunto todas las mañanas, a lo largo de un mes, durante los paseos que daban por las afueras sureñas de Fontainebleau. No obstante, fue precisamente esa repetición, o variedad de aspectos, lo que dio a la más lógica y paciente mente del francés la oportunidad de hacer su crítica final.

—Amigo mío —dijo—, me ha dicho usted un montón de veces que no encuentra sentido al sentido francés del duelo. Permítame observar, sin embargo, que yo no puedo encontrar sentido a la crítica inglesa del duelo francés… Cuando discutíamos sobre esto ayer, por ejemplo, usted me reprendió poniendo el ejemplo del affair entre el viejo Le Mouton[17] y aquel periodista judío que se hacía llamar Vallon. Sólo porque el viejo senador salió de aquello con una herida en la muñeca dijo usted que había sido una farsa ridícula.

—Y no podrá negar usted que fue una farsa —⁠replicó el otro con absoluta estolidez.

—Pues ahora —dijo el francés—, que pasamos por el Château d’Orage, desentierre usted el cuerpo del conde que fue muerto aquí, sabe Dios cómo, por un vagabundo que resultó ser un austriaco, un soldado de fortuna, y dígame con su rigor británico que eso fue una auténtica tragedia.

—Bien, no podrá negar usted que fue una tragedia —⁠dijo el inglés⁠—. Se vio a la infeliz y aún joven condesa, incapaz de soportar ahí la sombra de aquel crimen, partir hacia París después de vender el castillo.

—París ofrece un consuelo religioso —⁠dijo el francés con una sonrisa más bien cáustica⁠—. Pero me parece que no es usted razonable… Una cosa no puede ser mala porque sea a la vez peligrosa y saludable… Si un duelo es apenas sangriento, dice usted que el espadachín francés es un imbécil. Si un duelo concluye con un buen derramamiento de sangre, ¿qué dirá de ese espadachín?

—Lo llamaré un imbécil sanguinario —⁠replicó el inglés.

Aquellos dos representantes de sus respectivas naciones quizá sirvan para demostrar cuán real es una nacionalidad, y cuán independiente es de la raza, o al menos de los tipos físicos asociados generalmente a la raza. Por ejemplo, Paul Forain era alto, delgado y distinguido, a pesar de lo cual era francés de los pies, o desde la punta de sus imperiales zapatos estrechos, a las cejas, lo más francés en él seguramente, pues las mantenía de continuo altas, en una especie de alerta, curiosidad y enojo, algo que se le acentuaba especialmente cuando se ponía a pensar en cualquier cosa. Harry Monk, por su parte, era bajo, moreno y robusto, todo lo cual no impedía que fuese un inglés superlativo; un inglés con sus traje gris y con su bigote bien recortado; un inglés que no carecía de curiosidad, sino que la sustentaba en una gran cortesía.



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