Ariel y los cuerpos by Sebastià Portell

Ariel y los cuerpos by Sebastià Portell

autor:Sebastià Portell
La lengua: spa
Format: epub
editor: Dos Bigotes
publicado: 2020-03-15T00:00:00+00:00


Tercera carta no enviada

Cuando espero a que llegues también aprendo que hay otros cuerpos llenos de marcas.

Pienso en ella: Anabel.

La cajera del supermercado que está debajo de tu casa.

Te quiero contar que existe.

No suele saludarme, pero cada vez que paso por delante de la fachada sé que me ve. Y existe. Existe y lo hace dentro y fuera de esta entidad que dices que es mi cuerpo y que yo reconozco y domino tan poco. Existe cuando estoy y seguramente también existe cuando no estoy para mirarla, pero eso ya no sabría decírtelo.

Tú no lo sabes, pero cuando ya no puedo seguir imaginando dónde estás, me detengo delante del escaparate del supermercado y le clavo los ojos con fuerza como si a través de mis esfuerzos algunas palabras pudieran salir de su boca. Como si pudiera decirme dónde estás, adónde vas, con quién te juntas. Diría, incluso, que en ocasiones se da cuenta y le pide el relevo a algún compañero para meterse en el almacén.

Se esconde. Como tú, pero de manera diferente.

Siempre que la veo viste el uniforme de la empresa. Un modelo de dos piezas, jersey y pantalón, que combina el naranja del pecho y la espalda con el marrón de las extremidades. También tiene una línea blanca, reflectante, que separa los colores por encima de las costuras. Seguramente los zapatos son suyos, y no de la empresa: lo pienso porque no siempre lleva los mismos y porque los suyos y los de sus compañeros, Andy, Elsa o Martina, son distintos. Ellos también llevan tarjetas con sus nombres y por eso los conozco.

Anabel tiene poco más de cincuenta años, pero a pesar de la edad y del horror de uniforme, hay detalles que me dicen que le gusta mostrarse al mundo como un intento de belleza: los cabellos, que tiñe y vuelve a quemar cada cuarenta días en tonalidades parecidas; las uñas estrictamente cuidadas, limpias, uñas perfectas; o la flor de fieltro naranja que lleva enganchada en la tarjeta con su nombre.

Podría inventarme la vida de Anabel, pero no su nombre, porque lo lleva siempre a la vista como una marca de propiedad.

¿Me habrías preguntado el nombre si el día en que nos conocimos lo hubiera llevado en una tarjeta? A lo mejor ahora no estaría aquí, dando explicaciones en un papel que no lees.

Ella no lo sabe, pero me gusta estar cuando entra y cuando sale de trabajar. Podríamos decir que su horario también es un poco mío: me hace compañía y yo le devuelvo lo que creo que es una especie de solidaridad. Levantarme temprano para estar ahí cuando abren, intentar estar ahí también cuando se va y todo está más oscuro.

También puedo inventarme la poca vida que tiene fuera de tu calle.

Te puedo decir: Anabel es madre de tres hijos y cuida de su marido y de su suegra todo el tiempo que puede. Vive, o pernocta, en un barrio dormitorio. Los dos hijos mayores, los gemelos, están terminando la universidad. El pequeño, que no



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