Historias del décimo círculo by María Luz Morales

Historias del décimo círculo by María Luz Morales

autor:María Luz Morales [Morales, María Luz]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 1962-10-01T00:00:00+00:00


4

Todos los días tenían veinticuatro horas. No era perogrullada, sino realidad. Realidad fascinante, novedad absoluta para el burgués en su nueva existencia. Se daba cuenta ahora de que sus días no habían sido nunca suyos. Ni quizá habían sido tales días, con exceso cargados de cuidados y vacíos de contenido. Ahora todos tenían veinticuatro horas, cada una con sus sesenta minutos intactos. Horas, minutos, para andar y para reposar, para fumar, para charlar, para comer y dormir, para jugar a los naipes o a los bolos, para echar una mano al trabajo, para pensar en las musarañas. Para vivir. Y para amar. Todas para amar, desesperadamente, a Yanka.

Todo era nuevo para Rodolfo en su nueva vida. Sol y lluvia, camino y posada, bienestar y miseria… que de todo hubo en aquellos días, semanas, meses. Le parecía nacer ahora en un mundo distinto, como aquel en que se vive algunas noches, en ráfagas de sueños, donde todo es más intenso, más punzante, sin dejar de ser vago y fugitivo. Dijera que por primera vez titilaban, para él, en lo alto, las estrellas, y las hojas de otoño formaban, para sus pies, mullida alfombra poblada de crujidos, rumores y pequeñas vidas frágiles. Descubría el trabajo, en aquel «arrimar el hombro» a la faena, que ahora no era metáfora. Descubría el sabor auténtico del pan y de los frutos, al hincar en ellos el diente. Conocía el latigazo del hambre y el esfuerzo de la dignidad humana para soportarlo. Sabía de la tortura del deseo en las noches sin sueño, en la soledad de la tienda de campaña montada en el claro del bosque, en espera de la mano pequeña que entreabriera, furtiva, las lonas, de la voz conocida, amada, que dijera la mágica palabra: «ven».

Apenas se acordaba de su vida anterior, del mundo que dejara atrás, todavía, sin embargo, tan cerca. Si pensaba en ello, lógicamente se daba cuenta de que esto de ahora no podía ser sino un paréntesis; de que, un día, todo habría de volver a su cauce. Pero no quería pensar. Ni podía. Este presente era demasiado acuciante; exigía atender de frente y con premura a las cosas inmediatas; no dejaba resquicio a la pusilanimidad, para lamentar el pasado ni temer al futuro. No, no quería pensar. Toda su vida anterior le parecía lejana, muy lejana; cada día se borraba más el contorno del recuerdo… Si le daban un periódico cualquiera que contuviera noticias de España, en seguida miraba la fecha y lo rechazaba, diciendo:

—Es atrasado… ¡bah! Sólo Dios sabe las cosas que han podido suceder después.

A veces, Yanka, insinuaba:

—Deberías escribir allá. Otros lo hacen, desde el extranjero… Bien tendrás un amigo, un sirviente, que puedan darte noticia de cómo andan por allí tus cosas.

—¿Mis cosas? —se encogía de hombros—. ¡Como no se las haya llevado ya Pateta! ¿Amigos? ¿Sirvientes? Gallinas, dirás… Gallinas todos. Todos. Allí no hay ya amigos, ni sirvientes, ni… Allí no hay más que miedo. Miedo…

Y, sin más, rechazando las últimas ingratas imágenes —el



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