El placer de un beso by Teresa Medeiros

El placer de un beso by Teresa Medeiros

autor:Teresa Medeiros
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Romántico
publicado: 2011-08-09T22:00:00+00:00


Capítulo 15

ÉL no iba a volver.

Poppy se quitó las gafas, miró el mar y dejó escapar un suspiro quejumbroso. Algunas veces el mundo era más agradable cuando se veía un poco desenfocado. Parecía que así se suavizaban los bordes demasiado afilados que tanto daño hacían a su tierno corazón.

Habían pasado cinco días desde que había aparecido Farouk en su refugio del jardín. Aunque no lo había vuelto a ver desde entonces, cada mañana había regresado religiosamente al banco poniendo mucha atención en llegar siempre a la misma hora con un cesto de ktefas recién horneados colgando del brazo. El comportamiento del sultán con ella podía ser un misterio, pero la manera en que miró aquellos pasteles era inequívoca.

Una suave brisa movió los rizos que tenía sujetos por encima de las orejas, pero el implacable globo solar ya subía por el cielo al este. Pronto el calor comenzaría a levantarse en el desierto formando oleadas brillantes que hacían que los rincones más sombríos del jardín se volviesen insoportables hasta entrada la noche, especialmente para una mujer con las generosas curvas de Poppy.

A pesar del calor opresivo, cada vez le gustaba más la manera de vestir de ese lugar. No había corsés con sus punzantes huesos de ballena, ni infinitas capas de enaguas, ni zapatos demasiado estrechos que le apretaban sin piedad los dedos de los pies. Sin lazos, ni botones ni ganchos, ya no se sentía atada como un pavo de Navidad. Ahora podía respirar profundamente, estirar las piernas o mover los dedos de los pies, o tener ideas tontas y femeninas como que el sultán había estado a punto de besarla.

Debía haber sabido que no era más que otra de sus locas fantasías, como haber creído que el señor Huntington-Smythe se había enamorado de ella sólo porque le había recogido la sombrilla cuando una ráfaga de viento le había dado la vuelta arrebatándosela de las manos. ¿Por qué un hombre magnífico como Farouk iba a mirar dos veces a una joven sencilla y gordita como ella, y mucho menos besarla teniendo un rebaño de bellezas a su disposición? ¡Además, probablemente en ese mismo momento estaba acostado con alguna de ellas!

Se tragó la decepción, volvió a ponerse las gafas en el puente de su nariz y abrió el libro en su regazo. No tenía sentido dejar que sus pensamientos melancólicos estropearan una mañana tan hermosa.

Estaba empezando a leer cuando una enorme sombra cayó sobre las páginas del libro.

Miró hacia arriba y vio a Farouk observándola con el ceño fruncido mientras su rostro severo bloqueaba el sol como una nube de tormenta.

Ella no pudo evitar desplegar una sonrisa encantada.

—¡Oh! ¡Buenos días, majestad! ¡Qué maravillosa sorpresa verlo por aquí!

—Ya sabe que es mi jardín.

—Claro que sí. Todo el palacio es suyo. ¡Incluso me atrevería a decir que toda la provincia es suya!

Él seguía mirándola con sus cejas negras y espesas sin tan siquiera parpadear. Poppy sabía que él podía sonreír. Rezumaba alegría cada vez que miraba a Clarinda. O a cualquier otra mujer.

A cualquier otra mujer, excepto a ella.



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