A flor de piel by Antonio de Hoyos y Vinent

A flor de piel by Antonio de Hoyos y Vinent

autor:Antonio de Hoyos y Vinent [De Hoyos y Vinent, Antonio]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 978-963-526-954-9
editor: Booklassic
publicado: 1907-09-15T00:00:00+00:00


Capítulo 2

Oh! L'horreur du masque!

JEAN LORRAINE

La velada había transcurrido para Lina y María bajo el peso de un tedio abrumador. De los habituales comensales a la comida de los martes habían faltado aquél, que lo era de Carnaval, los que daban animación a la mesa con su charla. De ellos, el marqués de Zacinto habíase excusado con su jamás desmentida corrección, enviando amabilísima esquela en que participaba a la dama que un dolor reumático feroz le postraba, impidiéndole disfrutar el gusto de comer con ella; Paco Estrada había telefoneado directamente a casa de Monreal, y Julito, encargado de excusarle a la Montaraz en una conversación telefónica que con ella sostuviera, sin dar, por supuesto, directa explicación de sus ineludibles quehaceres, pero dejando adivinar en sus ambiguas palabras que se trataba de una aventura carnavalesca en compañía de un amigo. Aquel incógnito de su compañero de holgorio y la inexplicable ausencia de Willy, muy mejorado de sus males, que no habla ido a comer, poniendo a Lina de un humor de todos los demonios (¡ni uno menos!), dejaban adivinar tratábase de éste y de su Lucerito, y por ende de la trinca nada recomendable de la prójima, con lo cual era de suponer no sería cosa de rezar función de desagravios.

Habían, pues, comido solamente la imprescindible Elisita Pancorbo, Agustinita Franqueza, el noble marqués de San Balandrán, que parecía, cosa rara en él, tan correcto, tan mesurado, acometido de extraña inquietud aquella noche; el héroe de la Pampa y la grandísima loca de Magda Florián. Y como si fuese poco aún el aguantarles durante la comida, ocurriósele a la vizcondesa, bajo el pretexto de que, como Carnaval, no se podía ir a ningún teatro por ser patrimonio de la gentuza, la empecatada idea de jugar un tresillito. A ella que no le hablasen de «bridges» ni otros mamarrachos extranjeros; que la dejasen con sus codillos, sus bolas y sus puestas. Y dicho y hecho: formó su partidita con el marqués y el general, y engolfose con alma y cuerpo en sus entradas; Tinita, perpetua mirona, tras contemplar un instante el juego, quedose beatíficamente dormida en las luchas de la digestión, y las dos damas, frente a frente, hallábanse en la cruel alternativa de optar entre el inacabable chismorrear de la partida o un concierto entero de Chopín que en el salón contiguo arrancaba al piano la arrebatada mano de Magda Florián. Las notas apasionadas, raramente matizadas de las melodías, íbanse enlazando, a veces crispadoras, nerviosas, chasquidos de besos y ulular de lujuria que arrebataban las almas en los giros de un vals diabólico, otras lentas, mórbidas, cansadas, como crujir de arenas en las calles de un campo santo al paso de una procesión de fantasmas, y también a ratos lejanas, misteriosas como susurrar de amantes meciéndose en un lago al claro de la luna.

Dábale a la Florián ahora por echárselas de apasionada de Chopín, y, según ella, compartía su vida, libre, insolente, feliz y desafiadora ante el mundo entero, entre sus dos amores: la música y el héroe.



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