La catedral del miedo by Irene Adler

La catedral del miedo by Irene Adler

autor:Irene Adler [Adler, Irene]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Infantil, Juvenil, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2012-12-31T16:00:00+00:00


* * *

Sherlock me explicó que todo el mérito de aquella idea era de su hermano Mycroft y su suscripción a la World Literary Gazette, una pretenciosa revista repleta de información sobre las últimas novedades literarias. En efecto, Sherlock estaba seguro de haber leído una alusión al Gran Maestre en una página de aquella revista precisamente.

—¿Y de qué nos puede valer? —pregunté, bastante perpleja.

—Es sencillo, me he acordado de que el artículo en cuestión hablaba de un escritor parisino, el señor… ¡Alejandro Dumas!

Oír el nombre del autor de Los tres mosqueteros me sorprendió no poco.

—¿Alejandro Dumas? —balbucí—. ¿Os referís a ese Alejandro Dumas? Pero ¿sigue vivo?

—Desafortunadamente, no. Murió en diciembre pasado —me contestó Sherlock—. Pero su hijo, que lleva su mismo nombre, está aquí en París y, si bien a mi juicio no está a la altura de su padre, tal vez nos pueda ser útil… ¡Después de todo, trabajaban codo con codo!

—Ah, ¿y dónde…? —iba a preguntar.

—¡He hecho una «visitita» a la Academia Francesa! —se me adelantó Lupin con sonrisa de pillo—. Un vistazo al registro de su correspondencia ha bastado para saber dónde vive nuestro Dumas.

—Y una charla con su amabilísima criada nos ha dado a conocer sus costumbres —añadió Sherlock.

Por lo que les había contado la criada de Dumas, el escritor solía cenar en el Francillon, un restaurante de precios prohibitivos que, de un modo u otro, había logrado mantener su clientela pese a la guerra.

El local se encontraba a poca distancia de la gran iglesia de Saint-Eustache, que se alzaba, como una tortuga de piedra, en el límite del parque de Les Halles.

Lupin llegó a la puerta giratoria, la empujó y nos envolvió entonces un delicioso aroma a asado, caza y patatas al horno.

Preguntamos por Dumas, hijo, y, como fue Arsène quien hizo la pregunta con el excelente acento que había conservado a pesar de su vagabundeo, nos respondieron:

—¡Sí, naturalmente!

Seguimos al camarero hasta una pequeña mesa en un rincón a la que estaba sentado un lozano señor de cabello rizado y engominado, barbilla prominente y una gran servilleta manchada metida en el cuello de la camisa.

—¿Señor Dumas? —dijo Lupin—. Perdone la molestia.

Él alzó apenas los ojos del vino que se estaba sirviendo y adoptó inmediatamente una expresión recelosa.

—Espero que no hayáis venido a pedirme libros de mi padre… —empezó a decir, con cara de fastidio, cuando vio que tenía ante él a tres chiquillos.

—Nada de eso —se apresuró a responder Lupin—. Es más, le confieso que ni siquiera los hemos leído.

Me habría gustado objetar que yo había devorado, literalmente, tanto El conde de Montecristo como Los tres mosqueteros, pero consideré preferible seguirle el juego a Arsène. Y su frase, de hecho, pareció surtir efecto.

—¿Y qué queréis, entonces? No querréis una comida, supongo, ni me parece que tengáis edad para ofrecerme un puesto en el gobierno socialista… ¡Aunque nunca se sabe, cuando se ocupan los cargos al grito de «jóvenes al poder»! Pero ya he dicho que no me interesa, de todos modos.

Holmes me pareció molesto por aquella perorata, pero se limitó a disentir mesuradamente.



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