Viaje A La Alcarria by Camilo José Cela

Viaje A La Alcarria by Camilo José Cela

autor:Camilo José Cela [Cela, Camilo José]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Viajes
ISBN: 9788423340903
editor: www.papyrefb2.net
publicado: 2011-02-10T23:00:00+00:00


VII

DEL TAJO AL ARROYO DE LA SOLEDAD

El viajero se levanta a las seis. Está amaneciendo. El viajero ha descansado bien, ha dormido toda la noche de un tirón. Se lava, se viste, dobla su manta, se echa el morral al hombro y sale. Martín, que se ha despertado, le saluda:

—Buenos días.

—Buenos días, ¿qué tal se ha descansado?

—Bien, ¿y usted?

—Bien también, ¿no se levanta?

—Pues no, todavía no, ¡como voy en bicicleta!

—Claro.

A la puerta está Quico, con la mula, esperando al viajero. Quico es un muchacho fuerte, muy lavado y muy peinado, que lleva una camisa limpia, una camisa inmaculada. La madre de Quico se ha levantado a preparar al hijo y a hacer el desayuno al viajero.

La mula de Quico se llama Jardinera, y es castaña, joven, no muy grande; parece una mula de buena clase.

El viajero y su compañía cruzan el Tajo y se meten por un sendero de cabras que sube al montecillo de la Dehesa. Quico le explica al viajero que, según dicen, el monasterio de Óvila se lo llevaron los americanos piedra a piedra, antes de la guerra civil.

En el monte de la Dehesa la vegetación es dura, balsámica, una vegetación de espinos, de romero, de espliego, de salvia, de mejorana, de retamas, de aliagas, de matapollos, de cantueso, de jaras, de chaparros y de tomillos; una vegetación que casi no se ve, pero que marea respirarla. No hace todavía calor aunque el día se anuncia bueno. El aire es transparente. El Tajo, que de cerca es un río turbio y feo, desde lejos parece bonito, muy elegante. Viene haciendo curvas y se ve desde muy lejos, siempre rodeado de árboles. La leprosería aparece a su orilla en primer término. La forman varios pabellones grandes y alguna que otra casa más pequeña. Quico le explica al viajero lo que van viendo: esto es esto, esto es aquello, esto es lo de más allá. Después sonríe para decir, con la mirada triste:

—Pobre gente, ¿verdad?

—Sí...

—Poca suerte han tenido éstos, ¿verdad?

—Sí...

A los pies del viajero, del lado de acá del río, va la carretera de Azañón y de Peralveche y del Recuenco.

—Por ahí también se va a Viana y a La Puerta y a los baños de Mantiel.

—Y por aquí.

—Sí, por aquí, también. Por aquí hay un atajo que lleva todo derecho hasta Viana.

El viajero quiere aprovechar la fresca, y el que la mula lleva su morral, y camino seguido, sin pararse o parándose muy poco, sólo unos instantes, de tarde en tarde, para mirar el paisaje.

Marchando por la Entrepeña el viajero ve una hermosa decoración, una decoración teatral de grandes piedras abruptas y peladas y de árboles muertos, partidos por el rayo. Una rapiña vuela con su gazapo entre las garras. Un lagarto inmenso, un lagarto verde, amarillo y rojo, sale huyendo desde los mismos pies del viajero.

Al salir al terreno llamado de la Fuente de la Calinda, aparecen erizadas, violentas, las Tetas de Viana.

El viajero se siente poeta y tira de lápiz.



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