Paseos por Roma by Stendhal

Paseos por Roma by Stendhal

autor:Stendhal [Stendhal]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Viajes
editor: ePubLibre
publicado: 1829-01-01T00:00:00+00:00


Roma, 1 de junio de 1828

El emperador Adriano sentía una verdadera pasión por la arquitectura; así lo prueban los vestigios de la famosa Villa Adriana, en la carretera de Tívoli. Mandó hacer copias en miniatura de todos los edificios célebres vistos por él en sus viajes. En su tiempo se vio que en el Mausoleo de Augusto no quedaba ya sitio para las cenizas de los emperadores. Adriano aprovechó esta ocasión para hacerse un mausoleo; el recuerdo de lo que había visto en Egipto influyó mucho sin duda en esta resolución. Eligió la parte de los inmensos jardines de Domitia, que era la más próxima al Tíber, y este edificio fue la maravilla de su siglo.

Sobre una base cuadrada de doscientos cincuenta y tres pies de lado, se elevaba la gran masa redonda del mausoleo, de la que ahora sólo veis lo que es imposible destruir. Los revestimientos de mármol, las admirables cornisas, los ornamentos de todo género han desaparecido. Se sabe únicamente, que los restos de la base cuadrada existieron hasta el siglo VIII.

La inmensa torre redonda que hoy vemos era como el núcleo del edificio. Estaba rodeada de un corredor y de otro muro que constituía la fachada. Todo esto ha desaparecido. Encima de esta parte redonda se elevaban, según costumbre, unas inmensas gradas, y el edificio estaba coronado por un magnífico templo, también de forma redonda. Veinticuatro columnas de mármol violeta formaban un pórtico en torno a este templo; finalmente, en el punto más alto de la cúpula, estaba la piña colosal que ha dado su nombre a uno de los jardines del Vaticano y que hemos visto en él. En esta tumba de bronce fueron depositadas las cenizas de uno de los hombres más inteligentes que hayan ocupado un trono. Fue apasionado como un artista y, a veces, cruel. Si Taima hubiera sido emperador, ¿no habría condenado a muerte al abate Geoffroy? Adriano había vivido mucho en Egipto, demasiado para su gloria. La desgracia que sufrió allí le perjudica más hoy que sus crueldades. Pensó con razón que un sepulcro como éste cuyos restos informes examinamos, era más elegante que una pirámide; pero las pirámides duran todavía, mientras que todas las causas se han reunido para reducir el más bello monumento acaso que existiera jamás a lo que hoy se llama el Castel Sant’Angelo o la Mole Adriana.

Hoy se ve sobre unos bastiones muy bajos una masa redonda de quinientos setenta y seis pies de circunferencia, con unas construcciones muy irregulares encima, y terminada por una estatua de bronce de diez pies de altura.

Cuando Aureliano incluyó el Campo de Marte en el recinto de Roma, utilizó el Mausoleo de Adriano para formar lo que hoy se llamaría una cabeza de puente en la orilla derecha del Tíber, y abrió en él una puerta, llamada Cornelia, que no fue cerrada hasta el reinado de Paulo III.

Procopio nos ha dejado la descripción del Mausoleo de Adriano tal como él lo había visto. En su tiempo, la parte superior



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