Memorias de ultratumba by François-René de Chateaubriand

Memorias de ultratumba by François-René de Chateaubriand

autor:François-René de Chateaubriand [Chateaubriand, François-René de]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ensayo, Memorias
editor: ePubLibre
publicado: 1848-01-01T05:00:00+00:00


LIBRO SÉPTIMO

CAPÍTULO 1

Londres, de abril a septiembre de 1822

Revisado en diciembre de 1846

VIAJE DE FILADELFIA A NUEVA YORK Y A BOSTON — MACKENZIE

Estaba impaciente por continuar mi viaje. No era a los americanos a quienes había venido a ver, sino algo completamente diferente de los hombres que conocía, algo que estaba más de acuerdo con el tenor habitual de mis ideas; ardía en deseos de lanzarme a una empresa para la que no tenía preparado nada más que mi imaginación y mi coraje.

Cuando concebí el proyecto de descubrir el paso al Noroeste, se ignoraba si América septentrional se extendía bajo el polo uniéndose a Groenlandia, o si terminaba en algún mar contiguo a la bahía del Hudson y al estrecho de Bering. En 1772, Hearne había descubierto el mar en la desembocadura del río de la Mina de Cobre, a 71 grados, 15 minutos, de latitud norte, y a 119 grados, 15 minutos, de longitud oeste de Greenwich.[a]

En la costa del océano Pacífico, los esfuerzos del capitán Cook y los de los navegantes subsiguientes habían dejado dudas. En 1787, se afirmaba que un barco se había adentrado en un mar interior de América septentrional; según el relato del capitán de este navío, todo cuanto se había tomado por la costa no interrumpida al norte de California no era sino una sucesión de islas muy juntas. El almirantazgo de Inglaterra envió a Vancouver para verificar estos informes, que se revelaron falsos. Vancouver no había hecho todavía su segundo viaje.

En los Estados Unidos, en 1791, se empezaba a hablar de la expedición de Mackenzie: tras partir el 3 de junio de 1789 del fuerte de Chipewan, junto al lago de las Montañas, descendió hasta el mar del polo por el río al que dio su nombre.

Este descubrimiento podría haber cambiado mi dirección y haberme hecho tomar un camino directo al Norte; pero habría sentido escrúpulos de alterar el plan establecido entre monsieur de Malesherbes y yo. Por consiguiente, quería dirigirme al Oeste, para cruzar así la costa noroeste por encima del golfo de California; desde allí, siguiendo el perfil del continente y sin perder de vista el mar en ningún momento, pretendía reconocer el estrecho de Bering, doblar el último cabo septentrional de América, descender al Este a lo largo de las costas del mar polar y regresar a los Estados Unidos por la bahía del Hudson, el Labrador y el Canadá.

¿Con qué medios contaba para llevar a cabo este prodigioso peregrinaje? Con ninguno. La mayoría de los viajeros franceses han sido hombres relegados, abandonados a sus propias fuerzas; raro es que el gobernador o alguna compañía les hayan empleado o prestado ayuda. Ingleses, americanos, alemanes, españoles, portugueses han llevado a cabo, con la ayuda de las respectivas voluntades nacionales, lo que entre nosotros unos individuos orillados comenzaron en vano. Mackenzie, y después de él otros varios, para provecho de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, han hecho en la inmensidad de América conquistas que yo había soñado para engrandecer mi tierra natal.



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