Los cristianos y la caida de Roma by Edward Gibbon

Los cristianos y la caida de Roma by Edward Gibbon

autor:Edward Gibbon
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Historia
publicado: 1776-01-01T00:00:00+00:00


Quinta causa: La unión y disciplina de la república cristiana

Pero el carácter humano, aun cuando puede elevarse o deprimirse por un entusiasmo temporal, volverá gradualmente a su estado propio y natural, y asumirá aquellas pasiones que parecen las más adaptadas a su condición presente. Los primitivos cristianos estaban fuera de los negocios y los placeres del mundo, pero su afán por la acción, que nunca podría estar enteramente extinguido, pronto revivió y encontró una ocupación nueva en el gobierno de la Iglesia. Una sociedad separada, que atacaba a la religión establecida del imperio, era obligada a adoptar algún tipo de política interior y nombrar un número suficiente de ministros, encargados no sólo de las funciones espirituales, sino incluso de la dirección de la república cristiana. La seguridad de la sociedad, su honor, su engrandecimiento eran causantes, incluso en los ánimos más piadosos, de un espíritu de patriotismo, tal como los primeros romanos habían sentido por la república, y algunas veces de una indiferencia similar en el uso de cualquier medio que pudiera probablemente conducir a tan deseable finalidad. La ambición de ascender ellos mismos o sus amigos a los honores y cargos de la Iglesia se disimulaba con la laudable intención de consagrarse al beneficio público del poder y con la consideración de que, para ese propósito solamente, comenzaban a ser solicitados sus deberes. En el ejercicio de sus funciones eran frecuentemente convocados para detectar los errores de la herejía o las arterías de la facción, oponerse a los planes de los pérfidos hermanos, estigmatizar su reputación con merecida infamia y expulsarlos del gremio de una sociedad cuya paz y felicidad habían intentado trastornar. A los gobernantes eclesiásticos de los cristianos se les enseñaba a unir la astucia de la serpiente con la inocencia de la paloma, pero, mientras la primera se iba resabiando, la segunda de igual manera se iba corrompiendo con los hábitos de gobierno. En la Iglesia, lo mismo que en el mundo, las personas que estaban colocadas en cualquier cargo público sobresalían por su elocuencia y constancia, por su conocimiento de la humanidad y por su habilidad en los negocios y, mientras ocultaban a los otros y tal vez a ellos mismos los motivos secretos de su conducta, con demasiada frecuencia recaían en las turbulentas pasiones de la vida activa, que se teñían con un grado adicional de rigor y obstinación con el fin de infundir el celo espiritual.

El gobierno de la Iglesia ha sido a menudo el asunto y el premio de las contiendas religiosas. Los hostiles disputadores de Roma, París, Oxford y Ginebra han luchado por igual por limitar el modelo primitivo y apostólico a las banderas respectivas de sus propias políticas. Los pocos que han persistido en esta investigación de forma sincera e imparcial son de la opinión de que los apóstoles desistieron del oficio de legislar y más bien eligieron tolerar algunos escándalos y divisiones parciales que excluir a los cristianos de tiempos futuros de la libertad de variar sus formas de gobierno eclesiástico conforme a los cambios de los tiempos y las circunstancias.



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