La España falangista by Rafael Abella

La España falangista by Rafael Abella

autor:Rafael Abella
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9788417241438
editor: Arzalia Ediciones, S.L.
publicado: 2019-04-16T08:31:55+00:00


Desearíamos que los racionamientos fueran acompañados de un folletito explicativo de qué platos pueden cocinarse con bacalao, pasta de sopa y azúcar blanco, qué es lo que pueden comprar las clases humildes, o bien qué menús pueden construirse en una larga semana con aceite, café y alubias.

El cronista finalizaba sentenciando que 'de no existir el estraperlo, nos veríamos obligados a comer bazofias como café con alubias y bacalao con azúcar'.

El ingenio de los estraperlistas permitía la circulación de unos artículos de primera necesidad, sin cuya adquisición el país hubiera perecido de hambre. Baste decir que los 3,228 kilos de carne al año recibidos por los madrileños en 1941 se convertirían en 12 kilos reales, teniendo en cuenta la carne procedente del estraperlo.

La organización del mercado negro adquirió un raro grado de perfección. Artículos como el tabaco rubio no faltaron jamás. Su distribución, además, llegaba impunemente hasta los más apartados confines. La gente lo atribuía al importante financiero 5 que estaba detrás de la organización, personaje con antecedentes de contrabandista y al que la España vencedora no podía negarle nada. Rara llegó a ser la actividad que quedó inmune a las tretas del mercado negro o a los manejos de la reventa, que afectó hasta a los billetes de coches cama de ferrocarril. El mercado negro florecía esplendorosamente, y vestimenta, alimento y calor, los tres elementos que precisa la raza humana para sobrevivir, estaban sujetos al más innoble tráfico que ocultaba, acaparaba y encarecía. El pan, la carne, el aceite, la harina, el cuero, los tejidos, el hierro, el cemento, el carbón, la gasolina, los neumáticos… Todo entró en la maquinaria del mercado negro.

La actividad clandestina partía de materias primas de contrabando, que se escondían en las casas de los empleados de confianza y que más tarde se vendían en los lugares más inimaginables. A lo mejor, para adquirir una partida de caseína había que ir a una mercería. Para hacerse con un hierro redondo, había que acercarse a una bodega. Para tener un lote de chapa, era preciso dirigirse a una lechería. Para adquirir un frasco de penicilina, había que ir a Chicote. Las circunstancias en que la vida española hubo de desenvolverse dominada por este estado de cosas fueron delirantes. El país se movía y funcionaba de una manera surrealista. Una vida clandestina extensa y arraigada latía al margen de la oficial: en la temporada 1944-45, según datos aportados por el profesor Clavera, circularon ilegalmente en España ¡trece millones de quintales métricos de trigo! Por las mismas fechas se estimó que las dos terceras partes de la lana utilizada en la industria procedían del mercado negro.

Las gentes buscaban canales insólitos de aprovisionamiento, marchaban a los pueblos en busca de comida sorteando controles, eludiendo las guías impuestas por la Comisaría de Abastecimientos. En los transportes por carretera, la carga se aprovechaba para ocultar todo lo ocultable: los tubos de hierro o de uralita servían de canutos que se rellenaban con legumbres. Había bidones con doble fondo, coberturas de pacas de paja que tapaban el verdadero cargamento, que podía ser de trigo o alfalfa.



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