El tesoro de Gastón by Emilia Pardo Bazán

El tesoro de Gastón by Emilia Pardo Bazán

autor:Emilia Pardo Bazán [Pardo Bazán, Emilia]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama
editor: ePubLibre
publicado: 1896-12-31T16:00:00+00:00


- IX -

Iniciación

Con más impaciencia que antes deseaba Gastón el momento de saludar a Antonia Rojas, que ya tenía para él los alicientes del misterio; y pareciéndole que al tercer día no es incorrecto visitar a una señor a que lo permite, escogió las primeras horas de la tarde y se echó a adivinar el camino, por no buscar guía que le condujese.

Sin gran trabajo se orientó y llegó al pie de la tapia, encontrando de par en par la verja que cerraba el portón. No era cosa de meterse como Pedro por su casa, y al mismo tiempo no veía a nadie, cuando de entre un macizo de flores salió disparado el niño, tendiéndole los brazos y el corazón en ellos.

—¡Vaya, por fin vienes! —chillaba la voz aguda y fresquísima—. ¡Pero cuánto tardaste! Yo quería ir ayer a buscar contigo el tesoro… y no me dejó mamá. ¡Qué gusto! He de enseñarte mis cabritas… Otelo, no ladres, tonto… es gente conocida… —añadió halagando al perro negro, que obedeciendo a la intimación de buena acogida, meneó la poblada cola y apoyó las patas en los hombros de su amo.

—¿Está visible tu mamá?

—¡Ya lo creo! Vente —chilló Miguelito.

Y saltando a la pata coja, precedió a Gastón, que se dejó llevar. Atravesaron el jardín, y después el zaguán de la casa, claro y adornado con jarrones de loza y plantas de invernadero; salieron a un patio cuadrangular, rodeado de edificios nuevos que parecían dependencias, y en uno de ellos, del cual salía humo, entró Miguelito seguido de Gastón. La luz que penetraba en el vasto cobertizo por una serie de altas ventanas, alumbró un espectáculo original.

En medio del cobertizo, cerca de una cocina baja donde borboritaba enorme caldero, y al pie de un tonel que despedía espeso vaho, estaba Antonia ataviada de un modo bien diferente que el día en que Gastón la había conocido. Una falda de percal claro y un cuerpo de manga corta, resguardados por cumplido delantal de oxford a rayas blanco y cereza; un pañolito de seda roja atado a la curra, con la gracia picante de un tocado criollo, componían el traje de la señora. Los brazos, morenos de un modelado suave y vigoroso a la vez, se agitaban sobre el tonel humeante, derramando en él el contenido de un frasco de cristal. Una moza aseada y robusta, enarbolando la pala, esperaba el momento de revolver la lejía; porque, fuerza es decirlo, aquella decoración no era más que fondo para la humilde operación casera de colar la ropa…

Gastón esperaba un chillido, una protesta, una ojeada de cólera al niño. Quedó chasqueado. Lo que hizo Antonia, al darse cuenta de la sorpresa, fue reír espontáneamente…

—No nos pidamos perdones, señor de Landrey —dijo sin alterarse—, porque sería cuento de nunca acabar. Por mi parte está usted perdonado. Miguelito, mira, hijo mío, ya sabes que a las visitas se las lleva a la sala.

—¡A este no! —declaró Miguel—. Este no es visita, que es un amigo… y le llevo a ver las cabras…

—¡Sí, las cabras y mamá!… —añadió Antonia plácidamente—.



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