El Padrenuestro explicado con sencillez by Luis González-Carvajal Santabárbara

El Padrenuestro explicado con sencillez by Luis González-Carvajal Santabárbara

autor:Luis González-Carvajal Santabárbara [González-Carvajal Santabárbara, Luis]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Divulgación, Espiritualidad
editor: ePubLibre
publicado: 2009-02-28T16:00:00+00:00


Voluntad antecedente

¿A cuál de las dos voluntades divinas se refiere esta petición del Padrenuestro? Ante todo a la primera; es decir, a la que podría no cumplirse. Pedimos que se cumpla la voluntad salvífica universal de Dios: las esperanzas que ha puesto en cada uno de nosotros y el plan de conjunto que coordina todas esas esperanzas.

Como es lógico, para hacer la voluntad divina necesitamos conocerla primero. ¿De qué serviría querer hacer la voluntad de Dios si no sabemos cuál es? Pero, a la vez, ¿de qué serviría conocer lo que quiere, si luego no lo hacemos (Mt 19,16-22; Lc 12,47; St 1,22-25)? El reconocimiento y la práctica de la voluntad divina se condicionan mutuamente.

Así, pues, debemos empezar por averiguar los planes que Dios tiene para nuestro grupo y para cada uno de nosotros, porque solemos enterarnos poco. En España hay algo más de medio millón de sordos, pero hay muchas más personas con «sordera selectiva», que oyen a los seres humanos pero no oyen a Dios. Por eso, en el antiguo rito del bautismo se tocaba con saliva los oídos del neófito recordando aquel sordo a quien Jesús curó metiéndole los dedos en los oídos mientras decía Effetá (esto es, «ábrete»).

¿Cómo conseguiremos conocer la voluntad de Dios? Los videntes sumerios buscaban el querer de los dioses en el palpitar de las vísceras de un animal sacrificado o en las manchas de aceite sobre el agua, los caldeos auscultaban las estrellas, etc. A veces los israelitas recurrieron a prácticas semejantes (cf. Mi 3,7; 1 Sam 28,3-25; Is 8,19; 47,13…), pero fueron condenadas por Dios. Él manifiesta su voluntad a través de los acontecimientos. Por eso, necesitamos practicar asiduamente el discernimiento —tanto personal como comunitario— y la revisión de vida. Ni lo uno ni lo otro exigen complicadas operaciones intelectuales, sino haber desarrollado un tacto afinado para las cosas divinas: «Renovad vuestra mente para ser capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios» (Rm 12,2).

Después de conocer la voluntad de Dios, debemos secundarla. Nos jugamos mucho: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). En esto, como en todo, Jesús fue por delante dándonos ejemplo. Llegó a decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34). Notemos que no dice «mi obligación», sino «mi alimento»: Lejos de ser una exigencia fastidiosa, el descubrimiento y la puesta en práctica de la voluntad de Dios es para Jesús fuente de vida y energía; un alimento.

También dijo Jesús: «No he bajado del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). Normalmente su voluntad coincidía con la del Padre, pero hubo un momento en que ambas se disociaron y entonces oró así: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Jesús tuvo que luchar… consigo mismo, y en la pelea quedó empapado de sudor (Lc 22,44). La carta a los Hebreos (5,8) comenta: «Aun siendo Hijo, aprendió sufriendo lo que es obedecer».



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