EL FIN DEL ARTE by Donald Kuspit

EL FIN DEL ARTE by Donald Kuspit

autor:Donald Kuspit
La lengua: spa
Format: epub
editor: AKAL
publicado: 2012-05-29T16:00:00+00:00


30. Adolf Wölfli, Bahía de la isla de la Santa Luz en el océano Pacífico, una colonia inglesa-británica, 1911, en De la cuna a la tumba, Libro 4, p. 283. Lápiz y lápiz de colores sobre papel prensa, 99,6 x 71,6 cm. Copyright Adolf Wölfli Foundation, Museo de Bellas Artes de Berna.

A pesar de la ideolología, la teoría y la tecnología, la infancia y el «psicoticismo» –el término empleado por Hans Eysenck para sugerir que creatividad y psicosis tienen un cierto parecido y quizá afinidad– han sobrevivido en el postarte. Pero ya no son signos de una autenticidad primitiva. Se han sofisticado hasta la inautenticidad. Se han convertido en barracas ideológicas, administradas por la teoría y a menudo mediadas por la tecnología –como en los voyeuristas vídeos de Oursler de personas internadas en manicomios–, una y otra de las cuales les extirpan el aguijón existencial. Paradójicamente, es la ciencia que las gestiona desde las alturas de su superior comprensión la que las convierte en un entretenimiento pintoresco. Normalizadas en entretenimiento para las masas, de modo que se convierten en un fugaz estremecimiento más –el arte se ha convertido en el parque de atracciones más de moda en la posmodernidad, que mercantiliza experiencias de ocio más predeciblemente «diferentes» que cualquier otro parque de atracciones–, pierden su potencial creativo. Todas las pseudoexperiencias –experiencias artificialmente manufacturadas más que las que impredeciblemente ocurren en el curso de la vida– son tanto más entretenidas y estimulantes porque transportan mágicamente al «experimentador» a los márgenes de la sociedad, por ejemplo, a los suburbios en que se practica el arte de los graffiti: los «groseros», «salvajes» lugares en los que se practica «espontáneamente» un arte grosero, salvaje (para emplear términos de Gauguin). Tales lugares poco refinados y arte poco sofisticado se supone que son inherentemente auténticos precisamente porque son groseros, crudos, «primitivos», incluso deliciosamente bárbaros y atroces. Así, el traslado temporal del Museo de Arte Moderno al (modificado) «grosero espacio» de Long Island City se ha celebrado como una vuelta a la autenticidad. ¿Deberíamos decir una revitalización a la moda de la autenticidad, donde la vil grosería se ha convertido en otro estilo engreído, como en el caso del neoexpresionismo americanizado de Jean-Michel Basquiat y Julian Schnabel?

He aquí la propia explicación del museo de la «procesión ceremonial» –también conocida como desfile– que «conmemoró» el traslado el 23 de junio de 2002:



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