Apologia pro vita sua by John Henry Newman

Apologia pro vita sua by John Henry Newman

autor:John Henry Newman [Newman, John Henry]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ensayo, Espiritualidad, Memorias
editor: ePubLibre
publicado: 1863-12-31T16:00:00+00:00


* * *

Ahora diré aquí francamente que este linaje de acusaciones es cosa que no puedo propiamente refutar, porque no entiendo a punto fijo qué quieren decir. Yo no he tenido nunca sospecha de mi sinceridad, y cuando alguien dice que no he sido sincero, no puedo asir la acusación como idea clara a la que se pueda contestar. Si alguien me dice: «En tal día y delante de tales personas usted dijo que una cosa era blanca, y era negra», entiendo bastante bien lo que se quiere decir y puedo ponerme a probar un alibi o a explicar mi error. Si otro me dice: «Usted intentó ganarme para su partido con intención de llevarme consigo a Roma, pero no lo consiguió», puedo darle un mentís y sentar una afirmación tan firme y exacta como la suya de que, desde mis primeras inquietudes, jamás intenté ganar a nadie para mí o para mis opiniones romanizantes, y que solo su estrafalaria fantasía pudo forjar tal pensamiento; pero mi imaginación se pierde ante esas vagas acusaciones que se me han hecho comúnmente, acusaciones nacidas de impresiones, de connivencias, de deducciones, de rumores y sospechas. Consecuentemente, no voy a intentar refutarlas, pues sería dar golpes al aire; lo que intentaré será afirmar lo que sé y recuerdo de mí mismo y dejar a los otros que saquen las conclusiones.

Mientras tuve confianza en la Vía Media y pensaba que nada podría derrocarla, no tuve inconveniente en exponer amplios principios que irían más allá de lo que comúnmente se percibía. Yo consideraba que para hacer de la Vía Media algo concreto y sustancial tenía que ser algo más que un esbozo. La Iglesia anglicana debía tener un ceremonial, un ritual y una plenitud de doctrina de devoción, de que ahora carecía, si quería competir con alguna perspectiva de éxito con la Iglesia romana. Tales aditamentos no la removerían de su propia base, sino que únicamente la reforzarían y embellecerían. Así, por ejemplo, habría cofradías, devociones particulares, culto a la Santísima Virgen, oraciones por los difuntos, hermosas iglesias y magníficos donativos para ellas, y en ellas, casas monásticas y muchas otras observancias e instituciones, que yo solía decir nos pertenecían tanto como a Roma, pero que Roma se las había apropiado y se gloriaba de ellas porque nosotros habíamos dejado que se nos escaparan.

El principio sobre el que giraba todo esto está expuesto en una de las cartas que publiqué con ocasión del Tratado 90:

Nuestra edad se mueve hacia algo; y la gran desgracia es que la única comunión religiosa entre nosotros que de años atrás posee ese algo es la Iglesia de Roma. Solo ella, en medio de sus errores y males de su sistema práctico, ha dado libre curso a los sentimientos de temor, de misterio, de ternura, de reverencia, de abnegación y otros que pueden llamarse especialmente católicos. La cuestión es si vamos a dejar esos sentimientos a la Iglesia de Roma o los reclamaremos para nosotros mismos […] Pero si se los dejamos, habremos de dejarles también a los hombres que los acarician.



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