Pax romana by Yeyo Balbás

Pax romana by Yeyo Balbás

autor:Yeyo Balbás [Balbás, Yeyo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2010-12-31T16:00:00+00:00


Libro segundo

La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.

George Orwell, 1984

XXVI

—¡Novena Hispana! ¡Novena Hispana!

A medida que avanzaban por la vía pretoria del campamento, los miembros de la Cuarta Legión Macedónica los aclamaban, coreando el nombre que les habían otorgado. Del mismo modo que Publio Cornelio Escipión era conocido como el Africano tras a vencer a Aníbal en Zama, ahora a la IX Legión se la llamaba Hispana, gracias a su decisivo papel en aquella guerra.

Solo entonces comprendió la trascendencia de lo sucedido. Tras derrotar a sus enemigos junto a aquel maldito castro quince días atrás, al fin, en el sur, Cayo Antistio pudo tomar varias ciudades y adentrarse en el territorio cántabro. Sin embargo, cuando avanzaba por lo alto de una sierra para cruzar la cordillera, se topó de bruces con el castro de Aracillum, donde los montañeses se habían hecho fuertes. Al llegarle la noticia a Fanio Cepión, la IX Legión volvió a situarse en el otro extremo de la sierra y los aprisionó en una especie de tenaza. Fue entonces cuando Antistio había logrado acceder a la vertiente costera de Cantabria. Al fin ambos ejércitos se encontraban.

De esta forma había concluido una penosa aventura iniciada casi dos siglos antes, cuando los romanos llegaron por primera vez a Iberia durante el transcurso de la segunda guerra púnica. Tras seis generaciones, por fin había concluido la conquista de aquella maldita península, una empresa que una ambiciosa república que apenas dominaba Italia había iniciado en las cálidas orillas del Mediterráneo, y que ahora finalizaba en las húmedas montañas del océano exterior un imperio que se extendía por tres continentes.

Gracias a ellos, al fin toda Hispania era romana.

—¡Novena Hispana! ¡Novena Hispana!

Los mandos de la Cuarta Legión desfilaban hacia la tienda del legado, precedidos por su aquilífero y de los sesenta signíferos. Un hombre entrado en años de cabello castaño y semblante taciturno cabalgaba tras ellos, rodeado por una docena de lictores, sus tribunos y el primipilo.

Normalmente, la relación entre los soldados de las distintas legiones iba de la rivalidad al odio. Era más que frecuente que se pelearan entre ellos. Pero ahora, ante todo, se sentían romanos: una unidad procedente de la Galia había acudido en auxilio de otra llegada de la meseta hispana, y ambas se encontraban en el corazón del territorio enemigo. Los miembros de las dos unidades se saludaban efusivamente y bastaba que alguno de ellos se conociera de vista para que se abrazaran entre risas.

—¡Me cago en…! ¡Pero si es Marco, ese maldito bastardo nacido en un putiferio!

Al oír aquella inconfundible voz, el mensor se dio la vuelta. Efectivamente, se trataba de Manio Decio Násica, un ballistarius que había conocido en Grecia casi cuatro años atrás. En todo aquel tiempo, el artillero no había cambiado nada: cabello rizado, cejas pobladas y una fuerte mandíbula cubierta de una perpetua barba incipiente, surgida poco después de haberse afeitado. Su ropa, siempre arrugada y cubierta de barro o polvo, según la estación, le otorgaba un desaseado



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