La luna en la puerta by Andrea Tomé

La luna en la puerta by Andrea Tomé

autor:Andrea Tomé [Tomé, Andrea]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Juvenil
editor: ePubLibre
publicado: 2019-01-31T16:00:00+00:00


Chaim

En mi habitación, quince minutos después de leer la carta de Saulo…

Judith: No sabía que Saulo y Héctor habían sido pareja. Siempre creí que eran solo amigos.

Yo [TAPÁNDONOS CON LAS MANTAS]: Aquí…, bueno, aquí no se habla mucho de esas cosas.

Judith: No.

Yo: Ira nunca hablaba de eso, pero siempre supe que era gay. No sé. Simplemente lo supe.

Judith [DEJANDO LA CARTA SOBRE LA MESILLA]: Lo mismo con Héctor. Aunque él sí hablaba de eso. Todo el rato.

Yo: Como debería ser.

Judith: Como debería ser. Oye, ¿crees que fue por eso por lo que…?

Yo: ¿Que qué?

Judith [LOS OJOS FIJOS EN UN PUNTO DE MI PARED]: ¿Puedo contarte algo?

Yo: Pues claro.

Judith [COGIENDO AIRE MUY DESPACIO]: Saulo… Saulo se mató. No murió de repente y no murió porque estuviese como una cuba. Lo hizo él, y seguramente llevaba tiempo preparándolo y… y no pude ayudarlo, ¿vale? Nadie pudo ayudarlo.

Yo: Es una putada… Joder, Jud, es una putada, pero no es tu culpa. No es culpa de nadie. Esas cosas pasan. Es decir, es una putada, pero…

Judith: Lo es. Y odio que mis padres hayan mentido a todo el mundo. Como si se avergonzaran.

Yo [SUSPIRANDO]: Aquí no se habla de esas cosas.

Aquí de vez en cuando hay dos amigos que son tan íntimos que de vez en cuando desaparecen durante horas (y nadie dice nada). Aquí de vez en cuando hay dos amigos que hacen planes hasta que un día abandonan el barrio (y nadie dice nada). Aquí de vez en cuando hay chicos como Héctor Montoya cuya sexualidad acaba pintada en mayúsculas en un edificio (y todos apartan la vista). Aquí de vez en cuando hay chicos con estrellas en las venas como mi hermano y chicos que beben todas las cosas que se han estado callando durante tanto tiempo, como Saulo.

Y le cuento a Judith que yo también conozco a personas que se han quitado la vida (o, por lo menos, he oído hablar de ellas).

—Oye, ¿te he dicho alguna vez por qué me llamo Chaim?

Se seca las lágrimas con el dorso de la mano. Alza las cejas.

—Algo me dice que estás a punto de hacerlo.

—Bueno, mi abuelo, cuando era joven, tenía un buen amigo, David. Era, bueno, era prácticamente su hermano, ¿eh? La familia de David y la de mi abuelo siempre habían vivido en el mismo sitio y se conocían desde que eran enanos, incluso compartían jardín…

Le digo a Judith que siempre he pensado que Tarantino, cuando escribió Malditos bastardos, debería haber escrito sobre personas como David. No tengo mucha idea de historia, pero sé esto: durante la segunda guerra mundial, Hungría fue uno de los últimos países en ser anexionados por los nazis, y los judíos húngaros, como mi abuelo y como David, estuvieron más a salvo que los demás hasta 1944.

Le cuento que David se aprovechó de esto. Hizo todo lo que pudo por largarse y se fue. Se fugó a Palestina antes de que los nazis entrasen en Budapest y se entrenó como paracaidista en el mandato británico.



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