El secreto de Sarah by Wilkie Collins

El secreto de Sarah by Wilkie Collins

autor:Wilkie Collins [Collins, Wilkie]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 1856-12-31T16:00:00+00:00


CAPÍTULO IV

EL SEÑOR MUNDER HACE DE JUEZ

Las voces y los pasos apresurados se acercaban cada vez más. Luego se detuvieron de golpe. Después de un intervalo de silencio, una voz gritó, «¡Sarah! ¡Sarah!, ¿dónde estás?» y al instante tío Joseph apareció solo en la puerta del vestíbulo, buscando afanosamente en torno suyo.

Al principio no advirtió la figura postrada sobre el descansillo del final de las escaleras. Pero la segunda vez que miró en esa dirección atrapó con la mirada el vestido negro y el brazo que yacía justo sobre el borde del último escalón. Al reconocerla, lanzó un aullido de terror, atravesó el vestíbulo volando y subió por las escaleras. Se arrodilló junto a Sarah, y con el brazo le alzó la cabeza: en ese preciso instante el mayordomo, el ama de llaves y la doncella llegaron y se agolparon detrás de él.

—¡Agua! —gritó el anciano, haciéndoles gestos enérgicos con la mano que tenía libre—. ¡Está aquí, se ha caído, se ha desmayado! ¡Agua!, ¡agua!

El señor Munder miró a la señora Pentreath, la señora Pentreath miró a Betsey, y Betsey miró al suelo. Los tres estaban petrificados: ninguno parecía más capaz que los otros de atravesar el vestíbulo. Si no es una quimera total la ciencia de la fisonomía, la causa de esta sorprendente unanimidad se hallaba claramente escrita en sus caras: en otras palabras, los tres parecían igualmente aterrorizados por el fantasma.

—¡Agua, he dicho! ¡Agua! —reiteró el tío Joseph, agitando el puño contra ellos—. ¡Se ha desmayado! ¡Los tres plantados ahí en la puerta, y que no haya ni un solo corazón misericordioso entre vosotros! ¡Agua!, ¡agua!, ¡agua! ¿Es qué tengo que gritar hasta herniarme para que me oigáis?

—Yo traeré el agua, señora —dijo Betsey— si después usted o el señor Munder la llevan desde aquí hasta arriba de las escaleras.

Corrió a la cocina y regresó con un vaso de agua, que ofreció, con respetuosa gentileza, primero al ama de llaves, y después al mayordomo.

—¿Cómo se atreve usted a pedirnos que le llevemos algo? —dijo la señora Pentreath, haciéndose a un lado.

—¡Eso!, ¿cómo se atreve usted? —añadió el señor Munder, apartándose igual que la señora Pentreath.

—¡Agua! —vociferó el viejo por tercera vez. Movió a su sobrina un poco, de modo que pudiera apoyarla en la pared—. ¡Agua!, ¡o echo abajo a patadas esta mazmorra! —gritó, pataleando de indignación.

—Con su permiso, señor, ¿está seguro de que realmente es la dama que le acompañaba quien está ahí arriba? —preguntó Betsey, avanzando trémulamente unos pasos con el vaso de agua.

—¿Qué si estoy seguro? —exclamó tío Joseph, descendiendo las escaleras hasta llegar donde estaba ella—. ¿Qué pregunta más tonta es esa? ¿Quién va a ser, sino ella?

—El fantasma, señor —dijo Betsey, avanzando cada vez más despacio—, el fantasma de las habitaciones del ala norte.

Tío Joseph se encontró con ella unas yardas más arriba del inicio de la escalera, cogió el vaso de agua con un gesto de menosprecio y volvió rápidamente junto a su sobrina. Cuando Betsey se dio la vuelta para retirarse, capturó con la mirada el puñado de llaves tirado sobre el suelo, más abajo del descansillo.



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