Simone by Eduardo Lalo

Simone by Eduardo Lalo

autor:Eduardo Lalo [Lalo, Eduardo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 2012-12-01T00:00:00+00:00


Entonces, poco después, vino el sueño, un cansancio que era un narcótico. Dormí durante muchas horas y, al abrir los ojos cuando ya era de día, un peso tremendo todavía me mantuvo pegado a las sábanas.

Al final, me levanté con sed y ganas de ir al baño. El silencio de la mañana era distinto. Era esponjoso y hacía lentos mis movimientos. Había algo familiar en él. Era lo que vivía antes de Li. Comprobé entonces que la esperanza ya solo producía vergüenza.

Máximo llamó hacia el mediodía.

—Te tengo dos noticias —dijo—. Las dos malas.

—Supongo que da igual cuál me digas primero.

—A García Calvo le acaban de conceder en Madrid un premio. El Gran Culo de las Letras o algo así.

—Nos jodimos.

—Efectivamente.

—¿Cuál es la segunda?

—Carmen Lindo se va mañana. Supongo que Li también.

—Gracias por el noticiero.

—¿Te importaba ella?

—¿Por qué el pretérito? ¿Quién Li?

—Sí.

—Pensé, aunque parezca el idiota más grande del mundo, que podía ser posible. Pero todos nos engañamos.

—Así es —dijo Noreña—. Mira el jurado de Madrid.

—Pero el engaño no me sirve de nada.

—Tampoco a García Pardo.

Tuve que suponerlo porque a pesar de estar en la casa desde temprano no abrí una sola ventana. Escuché que alguien daba golpes en el candado de la reja del portón y segundos después un auto claxonaba. Sigilosamente fui a mirar por la cortina de la sala. Li miraba hacia la casa, hacia la ventana tras la cual estaba escondido, procurando hallar una señal de mi presencia. Detrás de ella, Glenda volvía a tocar la bocina del auto que probablemente era el que había tomado prestado de su primo el día de nuestro primer encuentro.

Esperé, aguantando la respiración. Allí estaba la mujer que quería, pero no abriría la puerta. Aguardé hasta que miró a Glenda sin decir nada. Esta hizo sonar de nuevo la bocina y Li gritó mi nombre, una, dos, tres veces. Observé su cara congestionada por la emoción y cerré los ojos. Al abrirlos, la vi entrar al carro y regresar con una libreta. Buscó una página, la arrancó y la metió en el buzón. Miró la casa una última vez, gritó mi nombre más alto que todas las veces anteriores y Glenda dio un largo bocinazo. Entonces, tapándose la cara con las manos, con el mismo gesto con el que había llorado largamente en mi sala, entró al auto y su amiga pisó el acelerador.

Cuando el ruido del motor se perdió en la distancia, desconecté el cable del teléfono. Horas después, cuando ya era de noche, abrí la puerta con sigilo y busqué el papel. Era la primera vez que Li me escribía más de un par de líneas:

«Toda la vida he sufrido por plegarme a la autoridad. He vivido pendiente de un ser que no sé quién es pero que siempre dice no. He preferido la soledad —he aprendido todo lo que sé sola, incluso en la universidad donde no tuve ni consejeros ni verdaderos maestros (Carmen, en realidad, no lo fue)— en un intento infructuoso de huir de un poder que era para mí demasiado real.



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