Reyes de la Tierra Salvaje by Nicholas Eames

Reyes de la Tierra Salvaje by Nicholas Eames

autor:Nicholas Eames [Eames, Nicholas]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Fantástico, Aventuras
editor: ePubLibre
publicado: 2016-12-31T16:00:00+00:00


27

El botín

Matrick se prestó voluntario a quedarse y vigilar a Kallorek mientras los demás se perdían en las calles embarradas de Conthas. Moog y Kit marcharon para comprar lo que el mago había llamado «suministros indispensables», mientras que Gabriel partió en busca de víveres a pesar de que Moog le aseguró una y otra vez que su sombrero mágico les permitiría mantenerse bien alimentados durante todo el camino hacia los Confines. Clay y Ganelon se encargaron de buscar noticias de Castia, por lo que decidieron ir a una taberna cercana llamada Puerta Trasera, donde Clay esperaba enterarse de algunos rumores sin llamar mucho la atención.

Pero el plan se torció nada más entrar. Clay aún seguía intentando acostumbrarse a la negrura del rincón oscuro en el que se encontraban cuando oyó una voz familiar que gritaba:

—Por la puta Madre Escarcha, ¡es Clay Cooper!

Vio una mano que saludaba, dos dedos rosados y un guante de seda negra. Jain y su banda de forajidas bien vestidas estaban sentadas ante una larga mesa llena de jarras vacías y restos de comida.

—¡Ven aquí, Mano Lenta! Creo que te debo una cerveza.

«Me debes una semana de comida en bocadillos, una docena de pares de calcetines, una pequeña fortuna en joyería y dos espadas», pensó Clay con tono sarcástico.

—Creo que sí —dijo.

Ganelon hizo un gesto escéptico.

—¿Es amiga tuya? —preguntó.

—Nos hemos visto dos veces, y en ambas ocasiones me ha robado —dijo Clay al tiempo que se rascaba la barba—, pero podría decirse que sí.

El guerrero no dijo nada, aunque Clay notó que algo parecido a una sonrisa empezaba a brillarle en la mirada.

Ambos pudieron recorrer sin problema el espacio que los separaba de la mesa, en parte porque Jain había pronunciado el nombre de Clay en voz alta, pero también porque Ganelon tenía mirada asesina y un hacha enorme colgada a la espalda. Las Flechas de Seda se movieron para dejarles un hueco a la mesa y, cuando se sentaron frente a Jain, volvía a haber jarras y platos rebosantes de comida y bebida.

La mujer estaba mucho mejor vestida de lo que Clay la había visto en el bosque que se encontraba al este de Brycliffe. Varias pulseras más tintineaban en sus muñecas, también varios anillos más relucían en sus dedos; y llevaba un pañuelo de seda que le resultaba familiar cubriéndole el cuello.

—¿Te gustan? —preguntó, confundiendo la mirada atenta de Clay por interés hacia su indumentaria—. Le quité algunas de estas cosas a una sofisticada muchacha fantrana la semana pasada. Muy simpática, por cierto.

Luego Clay recordó dónde había visto el pañuelo.

—¿Se llamaba Doshi?

Jain palpó la prenda.

—Pues sí, ahora que lo dices. Dijo que era la hija de alguna almirante, pero cuando le robé fue tan deslenguada como un marinero. —Levantó la barbilla y miró a Ganelon—. ¿Y quién es este? ¿Te has cansado de que te roben unas niñitas y has contratado a un guardaespaldas?

Clay negó con la cabeza y usó un tenedor de madera para cazar algunos de los guisantes y apartarlos del puré de ñame.



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