Pretoriano de Dorn nº 3954 (Warhammer The Horus Heresy) (Spanish Edition) by John French

Pretoriano de Dorn nº 3954 (Warhammer The Horus Heresy) (Spanish Edition) by John French

autor:John French [French, John]
La lengua: spa
Format: azw3
editor: Minotauro
publicado: 2019-06-18T00:00:00+00:00


II

El orko surgió de la acequia. Sobre sus músculos resbalaban el agua y el cieno. Su cabeza amorfa colgaba a poca altura entre los hombros, y su color de piel imitaba el del lodo de un estanque. Su boca ancha se abría bajo unos ojos rojos. Rugió, y el sonido emergió entre unos colmillos afilados como cuchillas. Salió de la zanja de un salto, agitando unas hachas en el aire. Archamus le disparó justo en la boca y la explosión le arrancó la mandíbula inferior y la mitad de la cara. Aun así, siguió avanzando mientras la sangre brotaba de su boca destrozada. Las dos hachas que sostenía eran dos pedazos de hierro mellado. Archamus volvió a disparar, y esta vez el proyectil penetró en el pecho del orko. Este vaciló, y el impacto le seccionó varios pedazos de carne. El guerrero apuntó un poco más arriba y le hundió dos balas más en lo que quedaba de la cabeza. El orko comenzó a sufrir espasmos violentos, pero siguió agitando las hachas en el aire. Archamus lo embistió con el hombro en pleno pecho, y el impacto le recorrió el cuerpo entero. El orko cayó y sus músculos se engarrotaron al chocar contra el suelo, tras lo cual Archamus saltó sobre él y le clavó el pie en el pecho. Entonces echó un vistazo a la acequia.

Había más orkos corriendo por aquella zanja, batiendo el agua hasta convertirla en espuma. Se oyeron unos disparos de bólter azotando el aire desde el otro lado de la explanada. El polvo se alzó sobre los bancos de tierra que se elevaban a cada lado de Archamus, que podía ver desde allí el parapeto de roca y tierra del bastión, en el otro extremo del terreno. Unas ráfagas de fuego surgían de sus muros. Unas armaduras amarillas centellearon bajo la luz del sol. Miró tras él. Los campos se estaban quemando, los tallos y las hojas de los cultivos se agitaban con brusquedad mientras la marea de orkos se extendía por toda la llanura. Sus gritos retumbaban en el viento, ascendiendo y descendiendo como el estruendo de una tormenta.

Habían pasado veinticinco minutos desde el primer impacto, y en ese tiempo había recorrido los siete kilómetros que lo separaban de la fortaleza inacabada. Los orkos se habían desplazado tan rápido como él. Ahora solamente un campo abierto separaba a Archamus y Voss del bastión hacia el cual se dirigían. Cincuenta pasos. Cincuenta pasos que no llegarían a realizar si seguían esperando por más tiempo.

—¡Corre! —gritó Archamus a Voss.

El hombre se encontraba en el suelo a los pies de un árbol, con las manos sobre las orejas, y el rostro y la ropa cubiertos de polvo y fango. Sangraba de un corte que le atravesaba la frente, y abría los ojos de par en par con una expresión de espanto en la cara. Se estremeció al oír el grito de Archamus, pero permaneció inmóvil.

Los orkos se revolvían intentando subir por los márgenes de las acequias. Los



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