Nómada by Gabriel Miró
autor:Gabriel Miró [Miró, Gabriel]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 1908-01-01T00:00:00+00:00
IX
Las raÃces del pino, negras, robustas, monstruosas, después de torcerse desnudas sobre las montañas, se enterraban y aparecÃan enormes y colgadizas en la desgarradura de un antro. El tronco, rendido hacia el mar, tenÃa la corpulencia de los árboles que viera don Diego en los bosques de Indias. Y la copa era un palio redondo, grueso, de verdores joviales, aterciopelados, hoscos y profundos. En los claros del ramaje se asomaba la alegrÃa del cielo, y todo el árbol guardaba rústicas sonatas del caramillo de Pan, fragor de olas y canciones del viento.
En el mullido de pinocha caÃda descansaba el nómada de su primera jornada de la tarde.
La partida del faro la imaginó él como despedida de ancianos patriarcas. AbrazarÃa al amigo hermano, besarÃa a la doncella entre los ojos: la frondosa cabeza del nómada se inclinarÃa para dejar el beso de adiós en la cabeza de la virgen dolorida de amor desventurado. ¡Como a una hija! ¡Besar un viejo la frente de la hija de un viejo amigo es el ósculo de dos paternidades! Ãl la hubiera besado entre los ojos. Asà lo vió en un lienzo del Museo de Burdeos: Le Départ, de León Perrault. Mirándolo, bendijo su corazón al artista. El nómada prescindÃa de las figuras del esposo y de la madre: quedaba el sencillo portal en un trozo de pared ruda, por cuyo cantón trepaba una vid. La cabeza del padre era de apóstol, y con la mano diestra se allegaba dulcemente a la hija para imprimir su beso entre los ojos.
Y su despedida del faro no habÃa sido de esta manera bÃblica porque en su instante ây recién aún aquella antojadiza demasÃa de arrojar los documentos de servicio del ordenancistaâ llegaron tres serios señores en una lancha vapora, y todo el faro fué solicitud y obediencia para ellos, los cuales ordenaban mucho. Llamaban por los apellidos a los torreros, miraban a la doncella como a un empleado. El músico se convirtió totalmente en farista; estaba transfigurado. Sumiso ante los graves señores, le miraba como si no le conociera; el segundo le miraba triunfante y rencoroso, y los recién llegados le observaban con desconfianza.
Y abandonó, desgraciado y yerto, aquel asilo donde encontrara noches antes la regaladora, la inefable calidez de dos almas buenas. ¡Infortunadas almas, anhelosas y nobles, que habÃan de mustiarse y reducirse por timideces y atamientos de la vida de artificio!
Removióse en su agreste cama aromosa y descansó la cabeza sobre una redonda hijuela de la raigambre como en un abrazo amigo. Y amó al árbol. ¡Santas raÃces que en sequedad roquera sorbÃan vida para un coloso bueno que daba perennal abrigo, blandura de seroja, música y fragancia! RaÃces que renovaban el lozaneo de la cúpula del árbol y hacÃan hermosura, ¿por qué las del hombre no chupaban siempre los jugos generosos que mantienen la venustidad del alma? ¡Los hombres, los hombres, ni eran perversos ni ángeles, sino cruzados de todas condiciones, según se asentaban sus raigambres movedizas! El torrero de la mujer reumática; doña
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