Los libros de la selva by Rudyard Kipling

Los libros de la selva by Rudyard Kipling

autor:Rudyard Kipling [Kipling, Rudyard]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Aventuras, Juvenil
editor: ePubLibre
publicado: 1894-01-01T05:00:00+00:00


El asalto de la selva

Veladlos, cubridlos, rodeadlos con muros

de hierbas y flores, de plantas y musgos.

Dejemos atrás el fragor del mundo,

su vista, su aroma, su tacto, su gusto.

Alto y negro fresno del altar de piedra,

aquí está la lluvia con sus pies tan blancos.

Ya se adentra el gamo por los yermos campos

sin miedo a que el hombre lo ahuyente esta vez,

pues caen a pedazos las ciegas murallas

y a esta ciudadela nadie ha de volver.

Si habéis leído los cuentos del primer Libro de la selva recordaréis que, después de que Mougli llevara el pellejo de Shir Jan a la Roca del Consejo, anunció a todos los miembros de la manada de Sioni que, a partir de ese día, saldría a cazar solo; y los cuatro hijos de Madre Loba y Padre Lobo dijeron que ellos lo acompañarían. Pero no es fácil cambiar de vida así como así, y mucho menos en la selva. Lo primero que hizo Mougli, cuando sus alborotados compañeros se retiraron con el rabo entre las patas, fue ir derecho al cubil y dormir un día entero y una noche. Después les contó a Madre Loba y Padre Lobo sus aventuras entre los hombres, hasta donde ellos alcanzaban a entenderlo, y cuando vieron cómo Mougli hacía temblar el sol de la mañana en la hoja de su cuchillo —el mismo con el que había desollado a Shir Jan—, dijeron que el niño había aprendido algo. Akela y Hermano Gris le contaron entonces cómo habían guiado a los búfalos hasta el barranco. Balú subió para enterarse de todo, y Baguira se rascaba de puro placer al oír cómo Mougli había dirigido su batalla.

Aunque la mañana estaba bien avanzada, nadie tenía intención de acostarse y, de vez en cuando, Akela levantaba la cabeza y se le escapaba un resoplido de satisfacción cuando el viento traía el olor del pellejo del tigre desde la Roca del Consejo.

—Pero, si no hubiera sido por Akela y Hermano Gris, aquí presentes —dijo Mougli para terminar—, no habría podido hacer nada. ¡Ah, madre! ¡Ojalá hubieras visto cómo bajaban por el barranco los rebaños de búfalos azules y cómo entraban corriendo en la aldea cuando los hombres me apedreaban!

—Me alegro de no haber visto lo segundo —dijo Raksa con voz fría—. No estoy acostumbrada a ver cómo a mis cachorros los expulsan de todas partes como si fueran chacales. Yo les habría hecho pagar un precio a esa manada de hombres, aunque habría perdonado a la mujer que te daba la leche. Sí, solo a ella la habría perdonado.

—¡Paz, paz, Raksa! —dijo Padre Lobo con aire perezoso—. Nuestro renacuajo ha vuelto, y es tan sabio que hasta su padre tiene que lamerle los pies. ¿Qué es una herida de más o de menos en la cabeza? Olvídate de los hombres.

Y Balú y Baguira repitieron como el eco:

—Olvídate de los hombres.

Mougli, con la cabeza apoyada en el costado de Raksa, sonrió de contento y dijo que, por su parte, no tenía ningunas ganas de oler, oír o ver a los hombres nunca más.



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