La ruta sangrienta by Sven Hassel
autor:Sven Hassel
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Aventuras
publicado: 1977-08-09T22:00:00+00:00
Su tarea es cumplir mis órdenes y no discutirlas. Vuelvan a su trabajo, caballeros, y no se metan en polÃtica.
Hitler, a un grupo de generales, octubre de 1937.
- De no haber sido por nuestro Oberst, ninguno de nosotros habrÃa salido con vida. Disparaban contra todo lo que se movÃa, incluso contra nuestros perros -explica un Obergefreiter que tiene los ojos vendados-. Las compañÃas habÃan quedado reducidas a quince o veinte hombres, y habÃa incendios por todas partes. Más de quinientos heridos fueron dejados en la fábrica. Muchos de ellos se suicidaron, arrastrándose hasta el pozo de los ascensores y dejándose caer. Nadie tenÃa la menor duda de lo que le pasarÃa si caÃa en manos de los rusosâ¦
- ¿Cómo lograste tú escapar? -pregunta un Gefreiter, entre la gente que rodea la cama.
- Bueno, nuestro caso fue excepcional. HabÃa que desobedecer las órdenes, según lo llaman, o ir a una muerte segura; y nuestro Oberst optó por lo primero y nos mandó retirarnos. Esto fue cuando habÃan caÃdo ya sus dos hijos. Ambos eran tenientes y mandaban compañÃas. DebÃamos llevamos los heridos, ordenó el Oberst Los cargamos en trineos y echamos a andar bajo la tormenta de nieve. Muchos murieron durante la marcha. Cruzamos las lÃneas rusas, precedidos por nuestro Oberst, que llevaba una Mpi bajo el brazo. Los soldados esquiadores nos hostigaban continuamente. El Oberst mandó clavar todos los cañones, para que pudiésemos utilizar los caballos para arrastrar los trineos de los heridos.
- ¿Qué diablos estás diciendo, hombre? -grita, indignado, el Feldwebel-. ¿Destruir vuestra propia artillerÃa? Un magnÃfico jefe, ¡vive Dios!
- Tú no estabas allÃ, chico. HabrÃas tenido que verlo para saber lo que era aquello. Cosacos con los sables desenvainados, y esquiadores escupiendo fuego con sus Mpi. Y esto, ¡a cuarenta y cinco grados bajo cero y en medio de una tormenta de nieve! Te habrÃa gustado, ¿eh, compañerito?
- ¿Quién eres tú para llamarme compañerito? -ruge el Feldwebel-. ¿No ves que soy un suboficial?
- Ahora no veo nada, compañerito. Perdà los ojos en la tormenta de nieve. Hielo, ¿comprendes? Para mÃ, no eres más que una voz.
- Ciego o no, sigues siendo un soldado, Obergefreiter -ruge el Feldwebel, con la cara enrojecida-. TodavÃa puedes cuadrarte. Conque pórtate bien, o te denunciaré por negarte a obedecer las órdenes. ¡Dame tu cartilla!
El ciego entrega la cartilla al Feldwebel, el cual anota cuidadosamente el nombre y la unidad en una libreta.
A su alrededor, gruñen sordamente los soldados heridos.
- ¡Silencio -brama el Feldwebel-⺠si no queréis que os haga arrestar a todos!
Y sale furiosamente del hospital de campaña.
- ¿Y qué le pasó a ese Oberst que inutilizó los cañones? -pregunta un zapador al que han amputado las dos piernas.
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