La canoa perdida by Ramón Rubín

La canoa perdida by Ramón Rubín

autor:Ramón Rubín [Rubín, Ramón]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 1950-12-31T16:00:00+00:00


VIII

A PARTIR de tal momento, las prevenciones y recelos mutuos tomaron un feo cariz intransigente.

El ánimo atormentado de Ramiro se debatía entre dos impresiones agudas y contradictorias. Notábase contento por haber dejado su exaltada dignidad en el lugar debido y triste porque la desalentada reacción de la Güera no le brindó oportunidad de cruzar usas palabras con ella, palabras que sólo hubiesen podido ser de reproche, pero que sentía virulentamente necesarias a su sosiego espiritual y muy útiles como vehículo hacia una explicación que, sin ser admitida por buena, detara un pequeño resquicio por donde reabrir mañana el obstinado portón de sus esperanzas amorosas.

Disimuló como pudo. Y recogiendo los aparejos y las botellas del mezcal, después de amarrar a un pedrusco la embarcación vacia, dirigióse ladera arriba, rodeado por sus convecinos y hacia el grupo de chozas en donde había de llevarse a cabo la fiesta.

Para mejor organizarla, don Matías facilitó su casa y el escampadito que la antecedía.

Dicha casa, aun siendo de las más lucidas en Las Tortugas, no era nada que se pudiera asemejar a un palacio. Constaba de una sola pieza, ni muy amplia ni muy alta, con desnudas paredes de adobe gris, el techo de teta y el piso de tierra apretada. De uno de sus dos costados, sostenido por dos columnas también de adobe, desprendíase un portalillo techado de carrizo, con los entrepaños de zacatón grueso, y bajo el cual se cobijaba el pretil de la cocina, así como una mesa de pino y algunos catones que servían para aposentar a los visitantes. Lo rodeaba, dándole lujo, frescura y prestancia, una hilera de botes viejos que contenían geranios y pensamientos florecidos. Y, por el frente, servíale a modo de dosel, la joya verde y lila del emparrado de una fragante bugambilia.

Sombreando el escampadito que se hallaba ante la casa, se veían unos mangos opulentos. Y le circundaban, derribados, troncos y peñascos que oficiaban a guisa de bancos en la rudimentaria glorieta.

Aquella tarde sacáronse allí unas cuantas sillas tembeleques. Y mientras las mujeres se cambiaban de atuendo, para no ofender con la conmovedora sencillez de sus trajes cotidianos a la estiradísima dignidad del acontecimiento, las dos botellas comenzaron a circular de mano en mano entre los hombres.

Hermelinda no acudió a la reunión.

Pero, don Sixto estuvo desde el principio en ella. Y compartió la animada plática, tomando abundante vino y haciéndose solidario de los demás en su regocijo por la legítima alegría que manifestaba Ramiro Fortuna.

Por desgracia, el único músico del lugar, un tal Juanillo, baldado de un pie y que tañía movidos sones en un ventrudo guitarrón, no estaba esa vez en Las Tortugas. Solía reforzar el conjunto de mariachis de Santa María la Joya, y se encontraba con ellos amenizando una fiesta de boda en el pueblo de Mezcala.

De modo que los celebrantes hubieron de conformarse con entonar cánticos a coro, sentados sobre las ramas de un zalate o sobre el bordo de canto poroso del corral. Allí atacaron los jóvenes, con irregular habilidad y



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