En carne y hueso by Margarita Be

En carne y hueso by Margarita Be

autor:Margarita Be
La lengua: eng
Format: epub
editor: Penguin Random House Grupo Editorial España
publicado: 2021-10-15T00:00:00+00:00


20.

Komorebi

Otoño de 2017

Caminábamos uno al lado del otro. Sentía la necesidad de tomarlo de la mano, pero no lo hice. Solo rozar su piel, aunque fuera por un segundo, llenaba de dopamina mi sistema. Nuestras pisadas convertían en boronas las hojas secas que cubrían el suelo. Maxim caminaba erguido, con las manos en los bolsillos, como siempre: con su aire sofisticado y elegante. Me gustaba pensar que eran las cualidades de su alma, que, como un sol, brillaban desde adentro y se colaban a la superficie por los poros de su piel.

—Vamos a sentarnos en el pasto —sugerí.

—Nooo. ¡Se me ensucian los pantalones!

—¿Y eso qué importa? Acaso, ¿cuánto cuestan tus pantalones? —le pregunté insolente.

Maxim subió la mirada y alcanzó mis ojos con sus pupilas.

—Si yo los tengo puestos, cuestan millones de dólares —contestó. Entonces se detuvo y giró su cuerpo hacia el mío, subió su mano, acarició mi mejilla y luego me peinó dulcemente el cabello.

Sus ojos rasgados se veían grisáceos cuando los alcanzaba el sol, pero puedo jurar que eran negros, los primeros ojos negros que vi en mi vida.

Cada vez que lo miraba tenía la sensación de nadar en su alma rebosada de un líquido oscuro y misterioso.

—Mira, Lyla, yo… —comenzó su discurso llenando el vacío de tensión. Reaccioné agarrándole la muñeca.

—¡Vamos hacia allá! —dije señalando a una banca situada sobre una montaña de pasto.

—¿Por qué tenemos que correr? —me preguntó agitado.

—Porque alguien nos la va a robar —le respondí.

—¡Pero no hay nadie más en el parque!

Maxim se sentó a mi lado, muy cerca de mí, y sonrió. Luego cruzó los brazos y las piernas. «¿Por qué te proteges de mí, Maxim?», pensé. Me acerqué un poco. Percibí que los latidos de su corazón aumentaban, lo sabía gracias a los movimientos ascendentes de su pecho.

Entonces me miró fijamente y un suspiro salió de su boca. Sus pupilas apuntaron a mis labios y ambos guardamos silencio mientras nos mirábamos fijamente.

El sol estaba en la mitad del cielo, comenzando a descender, y los matices anaranjados del otoño brillaban con mucha intensidad: el pasto, los árboles, la tierra, todo lucía como un paisaje dibujado con brasas ardientes. Las hojas de los árboles al viento se chocaban unas con otras y sonaban como piedrecitas rodando dentro de un frasco de madera.

Dejé de mirarlo y me giré hacia el frente. Maxim hizo lo mismo.

—Lyla, tú puedes lograr todo lo que te propongas —me dijo mirando al cielo con las piernas estiradas hacia adelante y los brazos cruzados.

No le respondí nada.

—Por favor, no te distraigas —prosiguió.

Seguí sin responder.

—Debes ser fuerte, ¿entiendes? —dijo unos segundos más tarde volviéndome a mirar.

—Sí —le dije casi susurrando con los ojos en el paisaje.

—¿Me lo prometes?

—¿Qué cosa?

—¡Que serás fuerte!

—No-no lo sé.

—¡Solo dilo! —dijo frunciendo el entrecejo.

Al terminar la frase, bajó la mirada y se hundió sobre sí mismo. Entonces levantó la mano para acariciarme otra vez el cabello, pero un impulso lo detuvo en el aire y dejó caer la mano de nuevo sobre la madera de la banca. En mi pecho se comenzó a abrir un agujero negro.



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