El miedo en el cuerpo by Empar Fernández

El miedo en el cuerpo by Empar Fernández

autor:Empar Fernández [Fernández, Empar]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2023-10-23T00:00:00+00:00


DANIEL

Un hombre tira de su brazo y le hace daño. Insiste en llamarlo «hijo», pero Daniel no lo ha visto nunca, nunca en toda su vida. Tampoco lo ha visto acercarse. El hombre se ha aproximado por la espalda y cuando el niño se ha dado cuenta el desconocido ya había agarrado su brazo y le hablaba como si lo conociera.

Daniel no quiere que lo toque, ni que se dirija a él, no soporta el contacto de las personas a las que no conoce, por eso se resiste.

No es su padre.

De repente, y de un tirón, el desconocido lo fuerza a separarse del escalón en el que se sentaba. Arranca sus manos de la barandilla y lo obliga a ponerse en pie mientras le repite que hace mucho rato que lo busca.

—¡Qué susto me has dado, hijo! No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes? No vuelvas a hacerlo nunca —le grita, mientras lo sacude agarrándolo por un hombro como si pretendiera despertarlo.

Advierte un leve siseo que a Daniel le recuerda al ruido que hace Kaa, la malintencionada serpiente de El libro de la selva, y que se escurre entre sus dientes.

—Ven conmigo y no vuelvas a separarte, ¿me oyes? —El hombre le habla al oído y casi grita—. Y mejor que no chilles —añade bajando la voz—. Si lo haces, me las pagarás.

Daniel, muerto de miedo, baja la mirada y sigue canturreando. No puede hacer otra cosa. Tiembla. No se mueve.

Los dedos del extraño aferrando su brazo y tirando de él le hacen daño, tanto daño que siente ganas de gritar de dolor. Y lo hace. Grita. El espanto y el dolor arrancan gritos y Daniel chilla, aunque sabe que no debe hacerlo. Lucía se lo ha repetido muchas veces, no debe ponerse a gritar por cualquier cosa, las cosas se piden por favor y sin elevar la voz.

Basta ya de gritos y de pataletas, que no eres un niño pequeño, le ha repetido mil veces su padre. Antonio, el de verdad.

Pero Daniel no ha podido evitarlo. Grita, deja de repetir los versos de la copla, y repite mientras sacude la cabeza:

—No, no, no.

A nadie en las proximidades parece extrañarle. Solo un par de personas se giran y una de ellas hace una mueca de desagrado a la vista del niño díscolo que se niega a obedecer a su padre.

El hombre continúa tirando de él en dirección a la calle y no deja de hablar como si le reprendiera. Los dedos del desconocido se clavan en su antebrazo. Daniel resiste, se niega a avanzar y profiere un par de gritos de dolor. Nada que sorprenda a los paseantes. Poco después chilla con toda claridad: «¡No, no quiero, no quiero!». Es lo que acostumbra a hacer cuando se siente contrariado. Grita y niega. Parece una rabieta, pero en esta ocasión es puro miedo. Los paseantes no pueden saberlo. Parece el enfado irracional de un niño enfadado y probablemente demasiado consentido. Eso es lo que piensa el hombre que, arrimado a la fachada



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