Cuentos reunidos by William Faulkner

Cuentos reunidos by William Faulkner

autor:William Faulkner [Faulkner, William]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Drama, Bélico, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 1950-01-01T05:00:00+00:00


Viraje

I

El americano, el de mayor edad, no llevaba los consabidos Bedford de pana, de tonalidad rosada, que llevaban todos los jóvenes oficiales del ejército del aire. Sus pantalones de montar eran de cordoncillo, como lo era la guerrera. Y la guerrera no era de las de faldón largo, el clásico corte londinense, de modo que bajo el cinturón y la correa diagonal los faldones de la guerrera caían rectos y cortos, como los de cualquier policía militar, bajo la cartuchera que colgaba del cinto. Y llevaba unas sencillas polainas y el calzado cómodo de un hombre de mediana edad, no las clásicas botas hechas a medida en Savile Row, si bien botas y polainas no eran del mismo tono, y el cinturón reglamentario no iba a juego con las unas ni las otras, y las alas del distintivo de piloto que se le veían en la pechera eran unas simples alas. En cambio, la cinta de la condecoración que ostentaba bajo las alas era una cinta de las buenas, y las insignias de las hombreras eran las barras gemelas de un capitán. No era muy alto. Tenía el rostro fino, un tanto aquilino, y unos ojos inteligentes y un tanto fatigados. Pasaba de los veinticinco años; viéndole, uno diría que no era un Phi Beta Kappa exactamente, sino tal vez de la Calavera y las Tibias, o un posible beneficiario de una beca Rhodes[64].

Uno de los hombres que se encontraban frente a él quizá no era capaz de verlo en modo alguno. Lo sostenían en pie dos policías militares del ejército americano. Estaba bastante borracho, y en contraste con el policía de recio mentón que lo sostenía erguido, de pie, pese a sus piernas largas, flacas, sin huesos, más parecía que fuese una chica en un baile de máscaras. Posiblemente rondaría los dieciocho, y tenía el rostro blanco y rosado, los ojos azules y una boca femenina. Vestía un chaquetón de marinero mal abotonado y con manchas de barro recientes; se cubría el cabello rubio, con esa inconfundible y jactanciosa inclinación que nadie es capaz de remedar ni de lejos, con la gorra de un oficial de la Royal Navy.

—¿Qué es esto, cabo? —dijo el capitán americano—. ¿Qué tripa se le ha roto? Ése es un inglés. Más le vale dejar que sea su policía militar la que se encargue del caso.

—Ya sé que es un inglés —dijo el policía. Hablaba con pesadez y respiraba con pesadez, con la voz de un hombre sometido a una considerable tensión física; a pesar de su femenil delicadeza de extremidades, el muchacho inglés era más pesado de lo que parecía, o acaso estaba más inanimado—. ¡En pie! —dijo el policía—. ¡Son oficiales!

El muchacho inglés hizo un esfuerzo. Se rehízo y enfocó la mirada. Se balanceó, se sujetó con un brazo al cuello del policía, y con la mano libre y temblorosa saludó con los dedos un tanto encogidos, llevándoselos a la oreja derecha cuando ya se bamboleaba de nuevo y por los pelos lograba mantener el equilibrio.



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