Muerte en la rectoría (trad. Susana de la Higuera) by Michael Innes

Muerte en la rectoría (trad. Susana de la Higuera) by Michael Innes

autor:Michael Innes [Innes, Michael]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 1936-07-18T00:00:00+00:00


10

I

Es en nuestras universidades donde el espíritu conservador encuentra su más perfecta expresión. Mucho después de la reforma de nuestras instituciones eclesiásticas, las costumbres y convenciones medievales han sobrevivido en el seno de tan venerables establecimientos. «Los monjes» (así llamaba a los letrados moradores el erudito historiador del Imperio romano) raras veces están al día. Caen en lo que los economistas llaman «desfase». Enseñan asignaturas anticuadas con métodos desacreditados. Se obstinan en rechazar las comodidades modernas tanto para ellos como para sus esposas e hijos. De hecho, solo han descubierto recientemente la posibilidad de tener esposas e hijos. Solo fue ayer cuando descubrieron los baños. Solo hoy, a pesar del ejemplo de muchos estudiantes, comienzan a descubrir los vehículos de motor. Es bien sabido que el difunto rector de Dorchester, que falleció solo unos meses antes que el profesor Umpleby, sostuvo hasta el final que la utilidad de una locomotora privada era superada con creces por los peligros que provocaba la proximidad de una caldera: él mismo siempre viajaba por ferrocarril, y en un vagón que estuviera hacia el final del tren.

Pero el automóvil va ganando terreno. Primero porque, al contrario del tren (otra institución que se impuso tarde y no sin penalidades), puede cambiar de rumbo. He ahí una grata ventaja para la constitución mental de un académico a punto de jubilarse. Qué delicia poder emprender viaje por la mañana en busca del aire fresco y seco del British Museum y terminar el día, en cambio, en el cementerio de Beaconsfield, para recogerse y meditar sobre el epitafio del poeta Waller[15]: inter poetas sui temporis facile princeps. Y previamente, en esa misma carretera, muchos kilómetros antes de llegar a Aylesbury, existe un lugar íntimamente ligado a ese cambio de planes. Se abre una bifurcación, quizá hacia Bicester o quizá hacia Tring, y conduce al iniciado que hace novillos, al cabo de unos kilómetros, a la más excelente de las posadas, casi chestertoniana. Aquí se puede comer y cenar de maravilla: ofrecen un bortsch que no es en nada inferior al que se sirve en otro lugar, y un schnitzel muy sencillo que se habría llevado las recomendaciones del mismísimo gran Sacher. Puede degustarse un buen vino de Burdeos, un Tokay muy auténtico y también un curioso licor de Dalmacia. El jardín muestra un diseño inteligente, tan admirable en verano como en invierno. Si uno tiene suerte, no se encontrará con ninguno de sus sabios colegas; solo algún extraño y ensimismado savant procedente de los desiertos académicos de Birmingham o Hull, que ha acudido allí para meditar en soledad sobre las implicaciones más inextricables de la curva cuántica, o un novelista londinense del tipo más silencioso y próspero, que ha venido a pasar una semana relajada a fin de corregir las galeradas de su última obra. Solo puede toparse con una presencia molesta: la de los estudiantes, puesto que, triste e ineluctablemente, también los estudiantes han descubierto ese paraíso terrenal. Pero los estudiantes se vuelven más corteses y menos alborotados en el ambiente del Three Doves.



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